Desacato versus óigame usted

Desacato versus óigame usted

Hace algunos años, un anormal me dijo que yo tenía un problema con las figuras de autoridad masculinas. Era un tipo inquietante que sacaba lo peor de mí. Pero mira por dónde, esta mañana he tenido una bonita enganchada con un agente (varón) de la ley (autoritario y prepotente). Podríais pensar que aquí está la prueba del aventurado diagnóstico de aquel idiota. Pues no. Mi problema no es con las figuras de autoridad masculinas. Es con la prepotencia y el abuso de autoridad.

Antecedentes.

Voy en bicicleta por una vía de doble sentido compartida con el tranvía. Invado el sentido contrario durante unos metros, porque a mi espalda se aproxima un tren. Un policía local está parado sobre su moto y al verme pasar, me da una voz al tiempo que me indica con el brazo que me coloque en el sentido correcto. Contesto con otra voz y sin detenerme, que el tranvía me pisa los talones. Repite él con otra voz desde un poco más lejos, que me coloque en el carril derecho. Y yo, como aprecio mi vida, hago caso omiso y continúo en sentido contrario unos pocos metros más, hasta que el tranvía me adelanta y puedo volver al carril derecho. Llego a mi destino. Estaciono mi bici y escucho un motor a mi espalda. Es él: la ley.

Hechos.

Me pide el DNI y me informa de que he desoído un mandato de la autoridad. Le explico por qué. Se la trae al pairo. Insiste en que he incumplido la normativa. Le hablo del sentido común y apelo a su escucha, en un intento de que consiga salirse del uniforme unos segunditos y mis palabras adquieran un significado para él (tenía la sensación de que el traje de poli emitía ruido comunicativo). Insiste en que la normativa es la normativa y que su función es hacérmela cumplir.

El tauro que llevo dentro ha empezado a patear el ruedo y calcula la distancia necesaria para embestir el capote:

—¿No cree usted que bastante se ha complicado ya moverse en bici por la ciudad, como para que anden ustedes todo el día acosando a los ciclistas?

—¿Está acusando usted a la Policía Local de acoso?

—Eso he dicho, sí.

—Bien. Voy a proceder a denunciarle por desacato.

—¿Cómo dice? —expresión de sorpresa manifiesta en mi cara, que el agente se pierde porque está rebuscándose para sacar su cuadernito—. Haga lo que tenga que hacer. Pero me parece un abuso que se valga de su uniforme para amedrentarme.

Podría seguir unas líneas más reproduciendo una conversación extremadamente tensa, en la que yo intentaba hacerme entender —como si los dos fuéramos personas con capacidades de comunicación— y el agente, imponerme la ley como policía en acto de servicio, con el discurso aprendido y los recursos de su parte.

Yo verborreaba argumentando sobre el sinsentido de una relación entre Policía Local y ciudadanía en la que te amenazan con denunciarte en cuanto expresas una opinión discrepante. Él enriquecía su denuncia transcribiendo/manipulando mis palabras, informándome al mismo tiempo de que nuestra conversación estaba siendo grabada… Lamentable.

Visto que aquello era imposible, la impotencia que estaba sintiendo y las lágrimas que ya asomaban por mis ojos de pura rabia, le di la espalda:

—Óigame usted: agradecería que terminara con su denuncia, que yo sí tengo que hacer bien mi trabajo.

Resolución.

Dejo al personaje con sus cositas, mientras cando mi bici y recojo mis cosas de la cesta. Me hierve la sangre por la sensación de abuso de autoridad que estoy viviendo. De pronto, al girarme de nuevo, advierto que el agente me mira fijamente, en silencio.

—Le voy a quitar la denuncia.

—¿Por qué? —lo reto, como si me sobrara la pasta. Estoy luchando por mi dignidad.

—Porque estoy de acuerdo con usted en que la relación entre la Policía Local y los ciudadanos no tiene que ser de esta manera. No ha estado en mi intención acosarla, ni intimidarla ni hacerle sentir mal.

—Gracias por retirarme la denuncia, pero hágame un favor: piense medio minuto en las cosas que le he dicho y, si lo cree conveniente, trasládelo a sus compañeros.

—Que tenga un buen día.

—Y usted.

Continuará. Lo sé.

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