Fumo en pipa

Fumo en pipa

Nos pasamos la vida intentando cambiar a las personas que queremos. Lo hacemos todos. Debemos creer que tenemos las certezas bien amarradas acerca de cómo se debe ser y cómo no. Y aquí nos desparramamos en juzgar y ajusticiar. ¡Hala! Sin piedad.
 
Es importante tener claro que es siempre el otro el que patina. Un buen traje de víctima que calla, traga y encuaderna pliegos de faltas, debe haberlo en todos los armarios. Te pone en esa situación de empoderamiento chulesco que te protege de los envites, cuando por fin decides sacarte las espinitas clavadas.
 
Sacar a pasear el resentimiento es un deporte que te sobreviene. No estaba en la agenda, pero tiene el poder de desplazar los compromisos previamente adquiridos. Solo hace falta una chispa: ese comentario (que no suele ser original) que te sacude frente a la jeta un viejo expediente que decidiste dar por cerrado en algún momento.
 
En un instante, se ha liado parda. Alguien está muy ofendido y el otro alguien acaba sacando la manida frase «no pongas en mi boca cosas que no he dicho».
 
Y en realidad, da lo mismo lo que se haya dicho, porque casi siempre lo que se ha entendido es lo que se pretendía decir. Ocurre cuando discuten personas que se conocen mucho: que ya sabe una lo que piensa la otra. Rara vez nos movemos de nuestras convicciones y por eso los expedientes conflictivos no se resuelven. Solo se archivan.
 
Fumo en pipa. Muy rápido, además. No me detengo siquiera en hacer volutas de humo. Porque como separe la pipa de la boca, mi verborrea loca se disparará y acabaré por dañar.
 
Estoy furiosa porque he vuelto a enfrentarme al recuerdo doloroso de no sentirme apoyada. Porque se manipula mi historia para sacar conclusiones que se vuelven contra mí. Porque siento que alguien se siente vencedor con las rendiciones que tanto me costaron, que tanto de mí se llevaron. Fumo en pipa porque empiezo sintiéndome ofendida y acabo siendo acusada: de no comprender, de no poner en valor (vaya que si lo pongo), de no medir, de no tener claro lo importante, de no ser.
 
Vale. Entono el mea culpa porque no soy. De eso sí se me puede acusar: no soy muchas cosas. Y soy muchas otras. Y no voy a cambiar para adaptarme al medio, porque no me da la gana. Una cosa es estar de «año sabático» y otra es estar alelada y perder de vista el horizonte. Ni de coña.

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