Un café frío
Cuando he visto llegar a mi amiga con los dos cafés, camino de la mesa en la que yo aguardaba, he pensado: este café se ha quedado frío de esperarnos.
Hace muchos muchos años que nos teníamos que haber sentado frente a unas tazas. Nos faltó ofrecérnoslas la una a la otra, nos sobró quizá su silencio y mi aceptación sin preguntas. Nos faltó madurez, a lo mejor, y nos faltó la intuición de que perdernos era un mal giro de guion en nuestras vidas.
Nuestros caminos se separaron y nos hicimos mayores sin saber apenas la una de la otra. En todos estos años, he pensado en ella muchas veces. Porque tengo un montón de recuerdos bonitos y divertidos de nuestros años de colegialas, de nuestra adolescencia y descubrimiento de la vida. Aquella noche, en aquel pueblo, aquella madrugada, en aquella situación tan especial y aquel frío de puro noviembre… estábamos los tres. Nos hemos reído al recordarlo.
Me ha encantado estar frente a mi amiga y frente a ese café frío que me hacía tanta ilusión. Hemos podido hablar de nuestras cosas, de las pruebas que nos ha puesto la vida. Y nos hemos reencontrado fuertes; tal vez un poco cansadas de tanta lucha. También le he preguntado por aquello que nos pasó y ella, con generosidad y sin rencores, me ha contado. He podido pedirle un perdón que llega tarde y tan frío como los cafés. Porque, aunque nunca llegué a saber exactamente qué fue, aun con el pasar de los años, he seguido teniendo la incómoda sensación de que alguna cosa que hice o dejé de hacer le causó daño.
A lo largo de tres horas hemos consumido nuestros cafés fríos y quiero pensar que nos han sabido ricos, a pesar de todo el tiempo que han pasado esperándonos.
Ahora que está a punto de terminar el día, mientras escribo estas líneas, revivo el rato compartido y me siento contenta. Sonrío. Oye: y es que, además, ¡está muy pero que muy guapa!