Contemplarse

Contemplarse

Durante toda nuestra vida mantenemos viva y revuelta una tensión (entre otras): la que nos genera el intento de ser y ser vistos como nos gustaría ser y que nos vieran.

En el origen de todo esto, sin duda, la frustración que sentimos ante las limitaciones que somos capaces de reconocernos; incluidas las que nos arroja el espejo cada vez que nos empeñamos en constatar que esto o aquello debería ser o estar más así o más asá.

Quererse tal cual se es, es de valientes; máxime con todos los patrones que los medios de comunicación, la publicidad o internet nos colocan de frente durante todo el tiempo. Patrones que nos plantean retos estéticos, culturales o personales que, en ocasiones, nos acogotan.

Cada cual tiene sus retos pendientes, su imagen perfecta de sí misma en la lista de anhelos. Hay quien consigue vivir sin tenerlo demasiado en cuenta y quien se pasa la vida queriendo ser en lugar de queriéndose. Todo conviviendo —no diría yo que en armonía— con los mensajes ultrapositivos de Mr. Wonderful, de algunos de los y las youtubers que pontifican para adolescentes y de los libros de autoayuda: «Cada mañana mírate al espejo y dite lo mucho que te quieres porque eres estupenda». Mmm… Confieso: yo no puedo. A mí esto no me sale. Hacerse mayor es también sumar resistencias y eliminar filtros.

Estoy a muerte con el enunciado de que la experiencia y los años transcurridos son una escuela de valor incalculable. Pero si antes hablaba de valentía es porque creo que mirarse con honestidad, siempre es un ejercicio complicado. Y a partir de cierta edad, empiezan a pesar mucho el deterioro físico, las pérdidas personales y otras cicatrices en el alma y el cuerpo, los sueños que no se cumplirán y, en definitiva, todo aquello que ya sabemos que no seremos. Contemplarse en el segundo tramo de la vida y percibirse con los surcos que la mochila nos ha ido marcando sobre los hombros, requiere humildad y capacidad de redirigir la nostalgia hacia un lugar donde poder sentirse orgullosa del camino recorrido: no solo en los aciertos, también en lo que nos han ido enseñando los errores cometidos.

Últimamente, al contemplarme, siento unas ganas locas de meterme entre pecho y espalda un pastel: un merengue grande y gratinado, como aquellos de Amaya que ya no veremos. Sé que el cierre de esta mítica pastelería vitoriana no colaría nunca en un balance de pérdidas reseñables en la vida de un ser humano, pero quien sepa apreciar un buen merengue por estos lares, sabrá de qué hablo y quizá tenga la tentación de dedicar un minuto a recordar ese crujir y esa textura… Estoy ya en ello… Silencio, por favor.

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