¿No me conoces?

¿No me conoces?

Empecé la semana con la resaca del centrifugado emocional que me provoca siempre el día de la madre, y el desteñido de un recuerdo de inmensa luz al que no puedo agarrarme sola.
Martes de médicos, ires y venires varios y un encuentro en el supermercado con una desconocida que, tras saludarme efusivamente y recibir un tímido y desconcertado Hola por mi parte, dijo conocerme del tranvía, para, a continuación, regalarme una exposición de toda la información recopilada sobre mi persona en los últimos años, meses y semanas. Inquietante.
Ya sé que esto de la observación de las vidas ajenas no es nuevo. Yo no alcanzo a entender qué aporta esa actualización constante de datos sobre gente que no conoces, con la de tiempo que lleva y la de cosas que hay que hacer. Pero, oye, a cada cual le entretiene lo que le entretiene.
Sin embargo, no puedo evitar pensar que esta costumbre, más arraigada cuanto más pequeño es el lugar, desdibuja la realidad; hace que las personas que observan crean que conocen a las que son observadas. De ahí esa situación extraña que viví cuando la mujer me preguntó: ¿No me conoces? Y yo respondí: Creo que no.
Debe ser frustrante que una persona de la que sabes tanto te niegue, pero una vez ella terminó de contrastar conmigo la información recopilada sobre mí, me quedé con ganas de preguntarle: ¿Por todo eso crees que me conoces? No lo hice, porque no tenía ninguna intención de incomodar a la señora que, por cierto, me pareció encantadora. Pero me quedé pensando: Google me intimida menos.
Súmale a esta experiencia surrealista que esa tarde iba a la pelu y ya tienes todos los ingredientes para un estado de esos de no me encuentro y además no sé si voy o vengo.
Cogí el tranvía para volver a casa y me faltó un pelo para saludar enérgicamente a todo quisqui. Me sentía una maleducada no dando ni siquiera las buenas tardes a personas que seguramente estaban valorando si estaba o no favorecida con mi nuevo corte y haciendo memoria de la última vez que me habían visto bien de pelos.
Una vez en casa, y a resguardo del Gran Hermano local, me dejé caer en el sofá muertita muerta. Pensé en lo que quedaba de semana: más médicos, asuntos pendientes varios y mentalizarme para, en breve, cumplir un año más, y empeñarme en el balance del camino andado y las expectativas para el trayecto 48. Me entretuve también rescatando un par de conversaciones de guasap que, sin pretenderlo, me habían hecho pupa; soy así de tontorrona. O reconduzco la semana o se me va de las manos.

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