Segovia linda

Segovia linda


Salimos de uno de esos pueblos que no son pueblos; de un lugar donde lejos de ver gente que se busca y encuentra, lo que nos sale al paso son vallados y muretes que aíslan jardines y piscinas. Sin duda, hay más roce humano en los castillos y construcciones importantes que hemos visitado: el castillo de Coca, el alcázar, el acueducto…
Las calles de Segovia nos han recibido con lluvia, frío y procesiones. También con todo su bello y acogedor entramado de calles y rincones para enmarcar tal cual en el recuerdo.
Tengo un instante fijado en mi retina: es de noche y nos acercamos al acueducto, punto de encuentro con nuestra chavalería. Solo veo a Olarizu, porque está justo bajo un arco, tan bonita; nos da la espalda y me llaman la atención su cuello despejado y su moño pretendidamente descuidado. Parece tan chiquitina mi niña bajo la construcción bimilenaria… Tan imponente, tan sólida, tan imperecedera, tan romana. Me entran unas ganas locas de alcanzar y abrazar a mi benjamina. Lo hago. Y disfruto de ese momento con ella bajo el arco, observadas por la loba que amamanta a Rómulo y Remo.
Es la tercera vez que vengo a este lugar que me gusta tanto. Me ofrece una excusa para tener presente a mi padrino, al que quise mucho, y me refresca las sensaciones de la primera vez que pisé este suelo adoquinado de Segovia. Eran años complicados para mí y recuerdo la alternancia de goce y preocupación en mi cabeza mientras descubría la ciudad.
Volveré. Espero que ya en plena forma para que las cuestas, las escalinatas y las aceras estrechas no limiten mi ruta. Hasta la próxima, Segovia linda.

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