El tuit de las Doce Miradas
Esta mañana me he encontrado con un tuit de mis queridas compañeras de Doce Miradas:

Ha sido emocionante leer esas palabras que promocionan un libro que, creo, no han tenido tiempo de leer. Lo recomiendan a ciegas: por amistad, por cariño y por convicción de que será una lectura que merezca la pena.
Y yo lo primero que siento es gratitud: ¡qué detalle! Mis compañeras con sus perfiles privados en los días pasados, y ahora también con la cuenta de Twitter del proyecto que cofundamos y amamos, felicitándome, apoyándome y apostando por mí.
Lo segundo que siento son nervios, muchos nervios, presión: Ay, madre… ¿Y si mi novela no lo vale? Estas mujeres a las que respeto y quiero tanto, proponiendo mi libro a las personas que las siguen… ¿Estarán mis páginas a la altura? Hace tantísimo que escribí este libro que he perdido perspectiva y mi inseguridad se crece. Vuelve el síndrome de la impostora tan bien expuesto por mi admirada mirada Lorena Fernández.
Y entonces recurro a Virginia, a nuestra Virginia Woolf, a la que debemos tanto. Porque cuando después de compartir lo que escribo me entran los miedos (y esto me pasa muchas veces), recupero estas líneas de Una habitación propia:
«Lo que importa es que escribáis lo que deseáis escribir; y nadie puede decir si importará mucho tiempo o unas horas. Pero sacrificar un solo pelo de la cabeza de vuestra visión, un solo matiz de su color en deferencia a un director de escuela con una copa de plata en la mano o algún profesor que esconde en la manga una cinta de medir, es la más baja de las traiciones; en comparación, el sacrificio de la riqueza y de la castidad, que solía considerarse el peor desastre humano, es una mera fruslería».
La mejor manera de buscar sosiego es recurrir a las grandes, que son muchas y muy importantes. Fiel al mandato de Virginia, no dejaré de escribir, no renunciaré a mi visión y seguiré intentando hacerme fuerte cada vez que vuelva a sentir miedo tras decidir separarme del pecho las páginas que abrazo como si fueran una de mis hijas: mías, pero libres de hacer su camino.
Gracias, queridas Doce Miradas, por vuestra compañía en este viaje que empezó hace ya más de siete años y que ha sido tan importante para mí. Sentiros tan cerca es un regalo y una emoción que se renueva con cada etapa que inicio. GRACIAS.