El carpe diem ha muerto
Esta tarde una amiga ha compartido en un grupo de WhatsApp un documento donde se recogen las nuevas normas para el uso de las piscinas municipales. Ha sido raro y no raro.
No raro, porque hoy es 16 de junio y ya es hora de pensar en ir a la piscina. Raro, porque hemos estado muchas semanas en pleno verano y ahora llevamos unos cuantos días que parecen estar despidiendo el otoño. Y raro, fundamentalmente, porque todo es raro: casi nadie tiene planes para las vacaciones, no nos atrevemos a tomar decisiones «arriesgadas» en relación con nuestro ocio y nos movemos con cautela y respeto (a veces no, porque bajamos la guardia buscando insconscientemente escapar de este escenario raro, muy raro).
Tener el protocolo de acceso a las piscinas delante de los ojos ha sido extraño, porque nunca hemos tenido más indicaciones que fechas de apertura y cierre de temporada. El resto era deseo y saludos al sol para que nos visitara varios días seguidos. Hoy el documento de mi amiga habla de reservar mañanas o tardes el uso de piscinas (sin vestuario ni taquillas ni hamacas) y con varios días de antelación. Surrealista. Como si esto fuera Cádiz, que vayas cuando vayas, allá que tendrás sol y calor.
¿Qué fue del carpe diem? Cómo vive una el momento cuando todo exige previsión y, aún así, mucho, mucho tiempo: en las tiendas, en los bares, en las consultas, en las ventanillas… Se nos van el diem, la vida y la resistencia haciendo esas colas. Yo, que no entro a un baño público con solo tener una persona delante; que voy andando a donde sea si acaba de pasar el tranvía; que me vuelvo a casa sin el recado si hay cola para pagar; yo, que he llegado a marcharme de Urgencias porque esperar tanto me estaba haciendo más daño que el ataque de ansiedad por el que fui. Las personas sin paciencia en el equipamiento base -y con mucha afición y respeto al carpe diem– estamos pasando una dura prueba en la desescalada. Y ahora llega el pdf del acceso a las piscinas «Verano 2020» y yo pienso si este planteamiento no generará más frustración que un verano tradicional vitoriano bajo el paraguas y con el viento del norte atravesando una cazadora gordita de este «entretiempo» tan nuestro.
El carpe diem ha muerto. Yo me paso el día abriendo notas en la pantalla principal del móvil, como cuando haces turismo y planificas cada día para que te cundan los trayectos.
Es todo complicado y contradictorio ahora. Nos piden distancia social todo el tiempo, pero comemos a menos de un metro en los restaurantes. Podemos pasar a la provincia de al lado si pertenece a nuestra comunidad autónoma, pero si no pertenece, vamos a ver cómo hacemos. Cada vez vemos más mascarillas de tela en las calles para controlar la generación de residuos, pero todavía hay supermercados que te imponen guantes de plástico después del gel hidroalcohólico. Me muero de pena viendo esas papeleras a reventar de plástico. Con lo contenta que estaba la Madre Tierra con nuestro confinamiento; toda la gente en casita haciendo videoconferencias a cascoporro pero sin manchar.
El carpe diem ha muerto y no podemos improvisar. Yo, la verdad, me ahogo un poco. Y no solo por la mascarilla.