Vistas desde el abismo
La semana que termina ha sido… ¿inquietante? No sé si es la palabra, porque me harían falta varias para describir la fotografía que ha dejado la marejada de los días pasados:
Episodios de nervios y buenos momentos.
Pronósticos mediocres e informaciones inquietantes.
Días de verano y tormentas sin chicha.
Malas noticias y más momentos buenos.
El desvelo por el dolor y la impotencia.
El poder sanador de la compañía y la resignación que imponen las distancias debidas.
Un salvavidas para evitar el naufragio de una barca con un palmo de agua y una frustración que podría obsesionarme.
La primavera vitoriana, fresquita y gris, tras la mascarilla.
Los paseos sin destino. Cada vez más gente en las calles.
Agotamiento físico y mental, y una ojeada al precipicio individual y colectivo que inventan los miedos.
Un montón de palabras y me quedo tremendamente corta para recopilar una semana a reventar por los extremos. Tengo la sensación de haberme pegado una larga caminata por la línea del abismo; a ratos consciente del riesgo, a ratos feliz de poder contemplar las vistas.
Llevo ya muchos meses doctorándome en esto de lanzar la mirada y las emociones más allá del punto donde podría perder el equilibrio y caerme. Hay días que no lo consigo del todo, pero la mayoría sí. Me he vuelto una experta de la translación mental: si no me gusta el lugar donde me ponen las circunstancias, me voy.
Pero esta semana no ha sido fácil. A ratos he sentido ese mareo previo a la pérdida de control, que siempre trae inquietud y sorpresas que no necesariamente son buenas. Mantener la mirada fija en las vistas que me ofrecía el abismo, ha sido como hacer frente a un examen sorpresa, con las cuatro ideas que se quedan fijadas cuando vas con regularidad a clase.
No sé si es la añoranza de la normalidad y lo complicado que se ha vuelto todo; que de tanto lavarnos y desinfectarnos, nos ha dejado sin brillo. No sé si es el peso sobre la espalda del saco de los abrazos que no hemos podido darnos, y el sarpullido que nos brota en la piel cuando echamos cuentas de los ratos robados. No sé si nos está faltando ese calor del roce y la cercanía de todos los latidos que echamos de menos acompasándose con el propio. No sé por cuál de todas estas cosas (o si es por todas) llevo días esperando a que se disipe esta niebla espesa que me niega por la mañana las vistas y por la tarde el paseo. Cuando llegue al fin la «nueva normalidad» quizá tengamos también que reescribir todos los refranes que se nos hayan quedado obsoletos.