Esos otros mundos
Hoy he visto una peli en dvd. No sé si alguien recuerda ese aparato que come discos plateados… Madre mía, parece que Netflix está desde siempre en nuestras vidas. Tengo un cajón bien grande debajo de la tele con un montón de dvds que no ven la luz ni se sabe desde cuándo. Y mira que hemos pasado buenos ratos con muchos de ellos. El progreso ha convertido en reliquias a las casetes, y los videoclubes cierran sus puertas en los barrios. Nos iremos olvidando de estos formatos hasta que alguien decida que son lo más de lo más otra vez, como ha ocurrido con los vinilos.
Pues a lo que iba, que por recomendación ha caído en mis manos La pianista, película francesa dirigida por Michael Haneke en 2001.

Ni recordaba cuál era el canal del dvd, pero, tras navegar por los menús que me ofrecía el mando de la tele, ahí estaba: Erika Kohut (Isabel Huppert) llegando a casa de noche, más tarde de lo que su madre (Annie Girardot) considera decente. En versión original subtitulada, un gustazo.
Todo muy Haneke. Cuando ha terminado la película, me he hecho esa pregunta que necesito hacerme algunas veces, cuando una trama, una secuencia o una escena me han incomodado tanto: ¿me ha gustado? Y si, me ha gustado.
Hago el ejercicio de liberar mi impresión general de la cinta, de mi falta de empatía con los personajes y de la tentación de haberme evitado ser testigo de algunas escenas. Y entonces resuelvo que la peli me ha enganchado y que Haneke me ha contado una buena historia.
Una historia que no estaría a mi alcance de otro modo. En mi pequeño mundo se recibe con aprensión la información que llega de esos otros mundos que la literatura y el cine nos ponen enfrente, para movernos de nuestra confortable posición en la «normalidad» de los ambientes, las relaciones y el transcurso de los días. Qué bueno tener el arte para revolver, provocar emociones y abrirnos a lo inexplorado.
El nivel de represión que soporta la arisca y exigente profesora de piano, la tóxica relación con su madre, su confusa perversión y el planteamiento de situaciones imposibles de resolver, en un escenario de oscuridad emocional, órdagos obscenos y violentos se ponen a centrifugar como en una potente secadora que puedes llegar a sentir en la boca del estómago. Así hasta que Haneke decide dejarte sola para que construyas tu propio parecer, como observadora incómoda de una situación descontrolada en la que, una vez más, sale indemne él.
Cuando ha terminado la película, créditos incluidos, silencio. ¿Alguien recuerda en el sofá de su casa ese tiempo de respeto tras una pieza audiovisual de largo metraje? Sin la impertinencia invasiva de los anuncios ni promociones de otras películas o series? La pianista me ha tenido un par de minutos pensando delante del menú inicial del reproductor del dvd.
Pensaba en esa mujer virtuosa del piano, capaz de desmenuzar para su alumnado el mensaje de cada frase a través de las notas que echan a volar desde los pentagramas. Y pensaba en ese momento de la película en el que esa misma mujer dice algo así como «Yo no tengo sentimientos. Y aunque los tuviera no permitiría que se impusieran a mi inteligencia».
Pensaba en los minutos finales. En Erika y en su rendición. Pensaba en el alumno Walter (Benoit Magimel) y en su carrerita ascendente por la escalera para no perderse el recital de la maestra. Como si nada.
Música de piano. ¿Puedo decir que me ha gustado una historia tan triste? Tendré que encontrar otra forma de expresarlo.