Cortarrollos
Hoy me ha venido a la cabeza una noche de hace treinta y tantos años. Mis dos hermanas, mi hermano y yo, en la cocina, cenando. Mi madre sacando patatas y huevos fritos de las sartenes con movimientos rápidos. Ella, muy seria.
Nosotros, de risas plúmbeas. ¿Sabéis esa flojera que a veces le da a la chiquillería…? Risas tontas por cosas tontas, cubiertos que se van al suelo, el agua que cae sobre el pan y el mantel tras rebasar el vaso, una boca abierta descontrolada por una carcajada y otro que grita ¡Cierra la bocaaaa! Y mi madre diciendo: Qué pesados os ponéis… Vale ya, ¿no? ¿Queréis dejar de hacer tonterías y acabar de cenar, que quiero terminar?
Y nosotros, a lo nuestro. Haciendo como que acatábamos la llamada al orden, pero sin poder contener la risa: el verdadero reto era ahogarla para que mi madre no se sintiera desautorizada. Pero no había modo. Ella resoplaba y se esperaba que de un momento a otro nos levantara la voz. Recuerdo que yo pensaba: ¡Qué cortarrollos! Con lo bien que lo estamos pasando. ¿Por qué no se alegra por nosotros y nos deja seguir divirtiéndonos?
Ay, madre… Ahora podría responder a eso tan bien…
Pues así llevan mis niñas un rato: llorando de la risa con tontadas, saltando la una encima de la otra sobre el sofá y procrastinando (hace diez minutos que les he pedido que preparen la cena).
Adivinen quién es la cortarrollos treinta y tantos años después de la escena que he narrado al inicio de esta entrada… Qué pesadas os ponéis… Vale ya, ¿no? ¿Queréis dejar de hacer tonterías y preparar la cena, que nos van a dar las mil? Me estáis poniendo muy nerviosa.
Y es que sé cómo acaba esto: se harán daño, se enfadarán, las reñiré y lo haré levantando la voz. Mal rollo a cascoporro planeando en mis dominios. Me levantaba yo cual Lázaro y me ponía a hacer la cena por no oírlas, pero, en mis circunstancias, sin milagro no hay opción.
—Os vais a la cama las dos como no paréis.
Mano de santo: ya están abriendo la nevera para sacar la lechuga. En mi casa dormir duele, se ve.