El momento

El momento

Anoche me tocó gestión de explosivos emocionales. Sí. Siempre es por la noche, a la hora bruja, cuando más cansada estoy, cuando la nocturnidad se pavonea ante las angustias y las engorda sin piedad.

Vivir con adolescentes es un sube y baja constante. Si además estamos (todos y todas) de exámenes, la situación se radicaliza exponencialmente: mezcla hormonas, nervios, falta de sueño y ese par de profes (que siempre hay) armados con sartenes por el mango y sed de venganza… y ya se nos va de las manos.

Así que iba yo a beber agua y a darle un beso amoroso a mi hija recién amonestada (por cuestiones domésticas que no vienen al caso), cuando vi esa carita llorosa y pensé: vas a tardar un rato en calmar tu sed.

Me puse en modo Paulo Coelho y abrí turno de desparrame verbal. Cuando me visto de autoridad y me lanzo a pontificar sobre lo divino y lo humano, pienso si no resultaré un pelín excesiva. Hago por escuchar cómo sueno mientras hablo y pienso: ¿Bajo la intensidad?, ¿voy bien así?, ¿alguien me escucha o me he quedado sola?

Y sí. Hay alguien. Alguien entregado, además. Veo los ojazos de mi hija mirándome fijamente, sin perder detalle de mi discurso y atenta a las posibles grietas de mis argumentaciones para intervenir. Y entonces, siento que le estoy dando lo que espera, lo que necesita: apoyo, impulso, motivos e inspiración para diseñar su propio plan, su hoja de ruta, su boceto de la mujer que quiere ser.

Hablamos de esto y de lo otro, la escucho; le doy la razón, se la quito; acaricio su pelo, su cara; permito unos segundos de silencio entre nosotras mientras reposicionamos nuestras convicciones y cedemos en alguna de nuestras resistencias. Ese es el momento; el momento en el que pienso: «Ser madre es lo mejor del mundo».

Porque el poder de cambiar unas lágrimas por una sonrisa, una explosión de angustia por un abrazo sereno, aplicar la fórmula mágica de la sanación del alma tras un berrinche y que el resultado dé entero y positivo… no tiene precio. Ése es el momento.

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