Mis palabras queridas
Las palabras son mis amigas. Lo han sido siempre. Entraron en mi vida, como en la de cualquiera, haciéndome el mejor de los regalos: la posibilidad, el reto, el juego de traducirme y manifestarme.
Desde que tengo memoria recuerdo la fascinación por las palabras y la urgencia por sacarle el mejor partido a mi Scrabbel particular: un tablero mental que me ofrecía posibilidades infinitas. Fue entonces cuando la búsqueda de sinónimos se instaló en mi vida para facilitármela. Tantos años evitando pronunciar determinadas palabras me hicieron desarrollar la capacidad de expresar lo mismo de mil maneras distintas. Y aquella estrategia que surgió de la incapacidad y el complejo me hizo fuerte y solvente para contar.
Había un juego… Me encantaba. Jugábamos con mi padre algunos días después de comer. Cogíamos un diccionario cuadrado, de tapa blanda, muy flexible; tendría pocas palabras. Buscábamos una y, si en su definición surgía alguna otra cuyo significado desconocíamos, la buscábamos también. Así íbamos hacia adelante y hacia atrás por las páginas finísimas de aquel recopilatorio de palabras llamadas a formar filas por un intransigente abecedario que no las dejaba moverse de su posición. Debía ser un alivio para ellas que las rescatáramos por unos segundos, para ponerlas en valor frente a las demás. Seguro que se sentirían importantes con nuestra atención y nuestro deleite al encontrarlas.
Con ese juego aprendí mucho. Los juegos con mi padre eran siempre para aprender. El otro que me viene a la cabeza era el de las capitales. Lo odiaba. La memoria no está entre mis dones ni la geografía entre mis sabidurías (quizá lo segundo consecuencia de lo primero). Por eso, cuando a la altura del postre mi padre se arrancaba con aquello de «¡Francia! ¿Capital…?»; «¡Suiza! ¿Capital?»; «¡Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte! ¿Capital?»… yo solo quería ser invisible para abandonar la estancia sin ser llamada al orden. Mis hermanas y mi hermano siempre eran más rápidos que yo. Las preguntas urgentes de respuesta única activan mi ansiedad y me bloquean.
Las palabras son herramientas para un arma de doble filo. Convivimos con ello sin ser demasiado conscientes de la responsabilidad que entraña abrir la boca y empezar a largar… Al tiempo que aprendemos a hablar, a comunicarnos, a expresar, a narrar… descubrimos el poder de las palabras que elegimos y que, combinadas así o asá, nos ofrecen infinitas posibilidades de relacionarnos con otras personas. Elegimos informar o solicitar información, compartir conocimiento, expresar ideas, solicitudes o emociones, agradar o molestar, hacer feliz a alguien con un comentario o hacerle daño con un reproche. Los días están llenos de frases que nos marcan la actividad, las relaciones interpersonales y el estado de ánimo.
Tengo comprobado que con el pasar de los años perdemos el filtro que, junto a las palabras, nos ofrecieron quienes nos educaron. Nos dijeron que estaba feo decir palabrotas, que no puedes llamarle tonta a tu hermana, que no se dicen así las cosas, que hay que saber expresarse con tacto y con el tono correcto, que hay palabras que evitar en determinados contextos, que los comentarios que dañan y no aportan nada es mejor no hacerlos… Nos enseñaron tantas cosas importantes en relación con las palabras…
Ayer pensaba en esto y en todas las veces en las que provoca dolor la manera en la que jugamos con fuego agitando sin contemplaciones las palabras. En muchas ocasiones, podríamos decir las cosas de otra manera: más cuidadosa, más correcta, más empática, más prudente. Pero entramos al trapo de responder con urgencia y ganas de quedar por encima con alarde implacable, faltón, agresivo y desmotivador. Es el uso imprudente, descuidado, mal medido, a veces cruel, perverso… de la maravillosa herramienta que nos permite comunicarnos y relacionarnos.
Todo tiene su vuelta y sus nudos mal rematados en la parte de atrás. Pero yo soy feliz enhebrando palabras, tejiendo frases y casando párrafos para contar lo que sea. Soy muy de la Woolf:
«Lo que importa es que escribáis lo que deseáis escribir; y nadie puede decir si importará mucho tiempo o unas horas. Pero sacrificar un solo pelo de la cabeza de vuestra visión, un solo matiz de su color (…) es la más baja de las traiciones»*.
*Una habitación propia, Virginia Woolf.