Oigo voces y asoman peinetas
Soy una mujer que se juega la vida y el prestigio social (el mucho o poco que tenga) en las calzadas de Vitoria-Gasteiz. Mis conciudadanos quizá ya han pillado el porqué de lo primero y mis conciudadanas quizá intuyan el porqué de lo segundo. Soy bicicletera. Acabáramos. Lo que me convierte en deportista de riesgo, sujeto de acoso de la policía municipal y presa fácil de machistas al volante.
Estoy hartita de que me increpen injustificadamente por conducta incorrecta los peatones, que me arrinconen contra la línea de aparcamiento los sobraos del acelerón, de tener que virar bruscamente para no estamparme contra las puertas de coche que se abren repentinamente sin un ser inteligente que controle el alcance de este normalizado gesto; y estoy muy muy harta de los y las que cruzan por donde les sale y, en particular, de los que enarbolan bastón pero no sentido de la prudencia ni amor por la vida. Diré, además, que este amplio colectivo de ciudadanos irritantes no entra en la cartera de clientes de la Udaltzaingoa. Solo las bicis, que van como locas y se han creído que la ciudad es suya.
En esos días de paz que tan de ciento en viento me regalan las circunstancias, me pasa a menudo que irrumpe un episodio de voces y peinetas que me desconcierta, primero, y me pone en el disparadero, después. Y son siempre voces masculinas: elevadas, prepotentes y gruesas en descalificaciones y con un cuestionado estilo para enarbolar peineta. Pero es que a lo mejor tienen mucha prisa estos señores. Y a lo mejor se les ha olvidado que el Ayuntamiento, y no yo, es quien ha decidido que cuando me suba a la bici me convierta en vehículo y, por tanto, sujeta a derechos y obligaciones propias de conductores al uso. Mola mucho cuando voy por mitad del carril (porque estoy en mi derecho y garantiza mi seguridad) y el fulano destemplado del día baja la ventanilla y mientras me rebasa, arroja su delicado verbo: «Que tienes que ir por la derechaaaaaa». Y a mí me da justo tiempo a decir: «Léete la ordenanzaaaaaaaaa». Y entonces ya: se ha cumplido. Veo alejarse el coche pero aún me alcanza la visión para admirarla a ella, poderosa, garante de la correcta comunicación entre emisor y receptor… Ella: la peineta.
Nota: a todos los que me habéis sacado la peineta os espero de peatones invadiendo un bicicarril. Os voy a enseñar cómo se espera pacientemente, sin intimidar y sin increpar. Os voy a enseñar a convivir y a construir ciudad, y luego vais a ir a compartir los conocimientos adquiridos con los agentes de la Municipal, que tan majos y majas garantizan el cumplimiento de la ordenanza.