Sueño, red de Cercanías y un informe inofensivo

Sueño, red de Cercanías y un informe inofensivo

Apenas he dormido cuatro horas esta noche. He madrugado para coger un tren y me he dicho: Dormiré en el viaje. Pero no ha podido ser. Dos hombres han decidido echar ese primer ratito del alba charlando. No les debía parecer demasiado temprano. No es que hablaran excesivamente alto; de hecho, había varias personas dormidas. Pero cuando quieres discriminar un sonido, es imposible. Como cuando necesitas eliminar de tu cabeza una imagen y no hay manera: el objeto de tu rechazo se burla de ti y se fija a través de tus sentidos con una contundencia demoledora.

Como no he podido dormir, me he puesto a trabajar: vistazo al correo electrónico, los ejercicios del euskaltegi, la lectura pendiente de unos documentos en pantalla, y un informe en papel que pide atención y rotulador fluorescente. A tope. Con todo mi empeño a favor y todo mi sueño en contra. Se acostumbra una a vivir cansada, pero es muy mala vida.

Al cabo de las horas, bajarme del tren y correr. Odiar la red de Cercanías de Madrid, como lo hago siempre. Salir a la calle y correr más. Mis pies… Deben odiarme: tan doloridos y yo poniéndolos a prueba de esta manera.

Llegar al fin, aunque muy tarde, y ser acogida con sonrisas, café con churros y un resumen de lo ya hablado para poder seguir la reunión. Buena gente.

Tras el trabajo en equipo, un picoteo y una cañita en buena compañía. Se hace tarde: ¡Me voy a Vitoria!

De nuevo en la estación, la inseguridad vuelve a apoderarse de mí ante el mapa de Cercanías. Pregunto, pero nadie sabe nada en esta ciudad. Al menos, nada de la red de Cercanías. Me dejo dirigir con fe ciega por intuiciones que me fallan casi siempre cuando trato de orientarme. ¿Mi brújula necesita quizá una pila?

Me subo a un tren que me parece que podría ser y parece que es. Pero, por error, me apeo una parada antes. ¡No voy sobrada de tiempo! Sapos y culebras de nuevo para la red de Cercanías de Madrid. Tengo mucho sueño.

Espero al siguiente, pero no llega, no llega… Pregunto a un uniformado que ¡sí sabe! cuánto tardará en llegar el siguiente Cercanías: «Cinco minutos». Quedan siete más, para que salga mi Alvia con destino a Vitoria. Pongo toda mi energía en pensar que tan solo es una parada, pero soy consciente de que, si cuando al fin baje del Cercanías, no acierto pronto con el andén, perderé el tren a casa.

Oigo que lo anuncian y en nada lo veo venir. Me subo y me escucho decir Venga, venga, venga…. En pocos minutos, llego. Bajo y echo a correr. ¡Mis pies! ¡Qué dolor! ¡No puedo! Sigo corriendo, cojeando, como soy capaz aquejada de doble fascitis plantar.

Pregunto a otro uniformado que también sabe: «Andén 16», me indica. Corro, corro, corro hasta que me paran en la garita: «Billete». Saco mi teléfono y otro uniformado más lee el código qr de mi reserva. Vuelvo a correr. Me detienen. Quedan dos minutos para que el tren a Vitoria se vaya. Mi bolso tiene que pasar por la cinta para que puedan comprobar que lo más relevante que llevo dentro es pirotecnia de la peor: un informe de pobreza de ayer del que hoy ya se ha olvidado casi todo el mundo. Me permiten pasar. Vuelvo a correr porque hay dos trenes: el mío es el segundo y mi vagón es el último de todos. Murphy es primo hermano mío.

Cuando freno en seco para subir por la escalerilla del vagón, quisiera hacerlo a gatas. Los calambres de los pies me suben hasta las cervicales. Me siento sin mirar dónde. Necesito parar. Pinchazos en mis talones, satisfacción por mi proeza. Miro el reloj y es justo la hora. El tren arranca. Busco mi 7B y me dejo caer. ¡Casa!

Si pudiera dormir un poco… El vagón está muy tranquilo. Mucha siesta y gente sola. Es la mía. Cierro los ojos, me predispongo. Pasan los primeros minutos. Pasan los siguientes y unos cuantos más. No puedo dormir. Empiezo a ver una película, pero la mente se me va al dolor de mis pies, al informe de pobreza y a la diabólica red de Cercanías. Me rindo. A Morfeo le pasa algo conmigo. Hace tiempo que deja en visto mis mensajes. Pasa de mí.

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