Un rincón entre bambalinas

Un rincón entre bambalinas

Vaya, qué días más raros… Cuánta nostalgia, cuánta tristeza, cuánta necesidad de abrazarse y compartir, cuánta ansia de reconfortarse en los afectos y, al tiempo, cuánto vacío en la ausencia irreversible.

Dicen que fuera también hace frío. No entro en calor. Ahora es otra vez de noche y no hay nadie que me distraiga ni nadie para quien esbozar una sonrisa; nadie a quien agradecer su presencia, nadie con quien recordar, nadie que no sea él: aquí o allá, hace muchos años o el mes pasado, en mis recuerdos o en los que me llegan prestados y atrapo.

Mañana, cuando concluyan el tercer acto, los saludos, los besos y las palmadas en la espalda, se correrá el telón y se apagarán las luces; y cada cual tendrá que buscarse un rincón entre bambalinas para enfrentar su adiós y la hora de la verdad. Una verdad que es herida abierta que escuece y que ha de curarse al aire con el sol y el frío, durante el día y por la noche, desde el ahora y para un mañana al que no puedan desmoronarlo un puñado de fotos.

Y así, con la soledad asida al brazo de la pena, nos quedaremos soplando sobre la herida que nos ha dejado la muerte sobre el pecho.

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