¿Cuánto viven los patos?

¿Cuánto viven los patos?

¿Cuánto viven los patos? Seguro que las patas más y peor. Esto es un clásico.

Mamá pata nada y las crías le siguen. Otro clásico. El pato progenitor debe estar a sus cosas. He aquí un clásico más; afortunadamente este parece ir deconstruyéndose en nuestra especie humana, aunque sea con empeño irregular.

Miro los patos desde el único lugar que he sentido refugio. Lo asocio con escape, con nubarrones, un perro muy grande, una guitarra y un nudo en el estómago. También con un cigarrillo que me da náuseas. Conservo ese impulso de fumar cuando estoy inquieta o triste; de alguna manera, es como si buscara sentir esas náuseas que me ayuden a vomitar algo de lo que me oprime bajo el esternón.

Este sitio es albergue, lugar seguro. No importa que esté a la intemperie y pueda sorprenderme aquí la tormenta más inesperada y más rabiosa.

Me pregunto cuánto viven los patos para intentar estimar cuántas generaciones podrían separar estos que se me aproximan en este mismo momento, de aquellos que también lo hacían hace tantos años.

No son los mismos patos ni tampoco yo soy la misma. Pero, mira por dónde, volvemos a encontrarnos aquí: yo sentada en este banco escribiendo y ellos acercándose sin miedo.

Dos caladas nada más y ahí están ya las náuseas. Fuerzo una inspiración que no consigue ser profunda. Me arropan bonitos recuerdos tatuados en los caminos y en el edificio que queda a mi espalda. Provoco una ensoñación que me conmueve al instante: un perro enorme que me acompaña y guarda; siempre alerta, con un gruñido preparado en la garganta y un ladrido imponentemente grave dispuesto a someter cualquier intento de lo que sea que para mí suponga una amenaza.

Es tarde. Cada vez hay más patos y menos gente. No es por el anochecer, es porque es lunes. Hace frío; el frío fiel de nuestras tardes y noches de verano. Pero aquí estoy bien. Esta ha sido siempre mi casa.

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