No oigo tu palpitar
Va canturreando, como tantas veces —como desde siempre—, canciones populares. Algunas, reconocibles. Otras, menos; ejecutadas con aderezos, improvisaciones y chuflas bien colocadas, que hacen dudar de si realmente fueron así originalmente. Va contento, como va un hombre del norte en las mañanas de verano que van pidiendo relevo al otoño.
Va cantando a sus pies y a la cautela con las baldosas rotas, anticipándose a tropiezos inesperados. La columna corvada y la cabeza humillada por los años, las fragilidades del cuerpo y los miedos.
Va por el tramo verde y lo acompañan sus gorriones y una mosca que ha traído desde el bar. Va despacio, despacio: un paso solitario y otro en compañía. Despacio, muy despacio.
Al doblar la esquina, el tramo arisco; sin verde, sin sol y un poco más frío. Siempre dice que no le gusta esa parte final del paseo. Son los metros del sobreesfuerzo antes de llegar a casa; esos en los que el dolor se clava, se vuelve omnipresente e impone concentración máxima para empoderar la resistencia: cada paso es uno menos.
Pero hoy él va distraído, canturreando: «¿Dónde estás corazón? / No oigo tu palpitar. / Es tan grande el dolor / que no puedo llorar. / Yo quisiera llorar / y no tengo más llanto…».
Silencio. De repente, ya no canta. El estribillo ha quedado a medias y yo continúo, dejándome llevar por el entusiasmo con el que la música iba acompañando nuestro paseo: «La quería yo tanto y se fue… ».
Entiendo. Y yo también callo.