Sola en casa

Sola en casa

Me he quedado unos días sola en el pueblo. Aún me quedan vacaciones y volver me resulta impensable si no es imprescindible. La idea de dedicarme a mis cosas durante las horas que quiera o necesite; comer cuando me lo pida el cuerpo, salir o no, dormir mucho o poco… Debería estar garantizado por el estado del bienestar.

El bloque de apartamentos familiar tiene cinco viviendas y en las otras cuatro, no quedaba nadie cuando vi alejarse nuestro coche camino a Vitoria-Gasteiz. Me había quedado sola sola. Sin problema.

A la mañana siguiente, oí un forcejeo en la puerta del portal y me asomé: un primo de mi marido. Estaría apenas veinticuatro horas. Bueno. Pues muy bien. Tengo que reconocer que no sentía miedo estando sola, pero si había alguien más, pues mejor.

Estuve escribiendo toda la mañana y también después de comer: cuadrando la estructura, esbozando las líneas argumentales, definiendo los personajes de mi próxima novela, en gozosa concentración.

Hacía las seis de la tarde —se estaba poniendo feo el cielo y amenazaba tormenta— decidí salir un poco y tomarme un café antes de que empezara a llover de nuevo. Fui derecha a un bar concreto del pueblo que tiene una terraza cubierta y tranquila, y donde podría pasar un rato leyendo. Decidida, enfilé la calle Mayor y al llegar frente a la escalera de la entrada del bar, me detuve en seco. Disimulé echando una ojeada como si buscara alguien y me di media vuelta. Al fondo del bar había un grupo numeroso de hombres, en la barra y frente a ella; para acceder a la terraza tenía que pasar por en medio del grupo.

Recordé una mañana de verano, de la mano de mi abuela Carmen, por la calle Basoa de Vitoria-Gasteiz. Íbamos andando y charlando, cuando mi abuela se detuvo y miró hacia atrás buscando un cruce. Desanduvimos unos pasos y cruzamos a la acera de enfrente. Le pregunté a mi abuela por qué retrocedíamos. Me señaló muy discretamente un grupo de hombres que departían amigablemente fuera del bar, unos metros más allá de nuestro paso.

Los había visto, claro, pero no los había identificado como protagonistas de una situación de incomodidad o riesgo para nosotras. Desde entonces, sí. Pasar por delante de un grupo de hombres es algo a evitar: por el día, por la noche, en una plaza, en un parque, en un bar, en la ciudad y en el pueblo.

La actualidad y mi propia experiencia en la vida, en primera o tercera persona, dan la razón a mi abuela en sus prudencias: evitar la ocasión es cuidarnos, aunque esto sea tan injusto y tan triste.

Ayer, cuando iniciaba mi paseo mañanero, me crucé de nuevo con el primo, que ya se iba: «Te quedas sola, ¿eh?». Y en esa frase informativa, amable y considerada, leí entre líneas el reconocimiento del riesgo de que una mujer se quede sola en un bloque de apartamentos en un pueblo o donde sea.

Escribo esto a media mañana, frente a un café, en la mesa de la terraza del mismo bar al que quise ir a leer antes de ayer. Y pensando en lo a gusto que se está aquí, he sentido la necesidad de aparcar mi libro y ponerme a contar esto que siento: ¿cuándo conseguiremos quedarnos solas sin sentirnos solas y sin percibir, aunque sea de refilón, que corremos un riesgo?

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