Garrapatas
Nuestro Baloo vino del paseo de la tarde de ayer muy contento. Había estado correteando por una ladera donde las hierbas lo ocultaban casi por completo; apenas su frondosa cola negra, con su mechón blanco en la punta, permitía seguirle visualmente el trote. Animalito adorable.
Tan adorable que hace amigos por donde va. Le sirve cualquier ser humano; en su salsa, si son chicos y chicas jóvenes, como mis niñas. Le sirve también casi cualquier perrete (los pastores alemanes no le gustan un pelo, él también sabe sus cosas). Es verdad que los gatos, ni verlos; menos aún si son rurales, porque se nos monta un documental de El hombre y la tierra en un instante; tipo águila real abordando gacela. Con el resto de las especies animales con las que se ha topado en la vida (vacas, caballos, ovejas…), indiferencia y respeto mutuo; todo lo más un gruñido preventivo o algún ladrido informativo de posición: “Yo, aquí; tú, allí. Vamos a llevarnos bien”.
Pero ayer… Ayer, cuando Baloo llegó de su placentero paseo por la ladera, se trajo un montón de okupas, que buscaban asentamiento para su botellón de sábado tarde transitando por su pelazo.
Mi chiquitina fue la que dio la voz de alarma: “¡Aquí hay una garrapata!”.
¿Una? Madre mía…
Nuestro plan de picoteo por el Espolón burgalés nos fue arrebatado por las circunstancias y sustituido por una improvisada estrategia contra el ataque parásito: cepillo, pinzas y bolsa recolectora.
Qué bicho mas inquietante. El mundo insecto, a priori, no me entra por los ojos. Pero he de decir que, tras más de una hora entregada a la purga, estas lentejas con patas me parecían lo peor.
Sin embargo, hoy (con el perro requetefrotado ya con vinagre de manzana), buscando el sentido a la existencia de estos seres tan asquerosetes -y sabedora de que en la Naturaleza todo y todos tenemos un porqué-, he encontrado la respuesta: las garrapatas desempeñan un papel importante en el equilibrio del ecosistema porque, como se alimentan de animales grandes, al ser consumidas por organismos más pequeños, les transfieren la energía acumulada tras haberse puesto las botas vampirizando a seres como mi adorable perrete. Y buscando buscando, también he aprendido que las garrapatas machos se ponen ciegas de «sangría», para resultar atractivas a las hembras que buscan aparearse y que aguardan ser instrumento del milagro de la vida dándole al chupito también. Tanto la carga energética sanguinaria como el apareamiento ocurren en el huésped, pero cuando llega el momento de poner los huevos, la hembra se desprende del animal, desova y muere. Una vez más, la Naturaleza acogotando a las hembras por su labor reproductiva, qué pereza.
No he encontrado información sobre la suerte que corren las garrapatas mini, ni si cuentan con la instrucción del macho barrigón -jarto de sangre para salir (él sí) indenme del milagro de la vida-, o sabrán de forma innata que su supervivencia dependerá de su capacidad para chulear a cálidos animales que pasean por los campos.
La vida se abre paso. Es así como las especies se comportan, leales a las leyes de la Naturaleza y al equiilibrio. En disonancia ensordecedora con lo que hacemos los seres humanos, que no nos sentimos especie, sino especiales, para llevar al límite a la Madre Tierra con nuestro desenfocado libre albedrío y nuestras tablas de la ley a la carta, caiga quien caiga.
Ayer cayeron decenas de garrapatas con mi complicidad. Voy a pensar que el derecho a la supervivencia me indulta un poco y que estoy dentro de la cuota que admite la parte depredadora asignada a mi papel como ser humano en el ciclo de la vida.
Hecho el trabajo de documentación, la autocrítica y el reconocimiento de mi atropelllo a la comunidad garrapata en aras de blindarme ante la bacteria Borrelia y la enfermedad de Lyme…, madre mía: qué grima, qué asco de bichos.
Me recorre un escalofrío por el cuerpo recordándolas paseándose alegremente por el pelo de mi Baloo, como parejitas buscando un solar para levantarse una casita donde procrear. Repelús máximo.