Víspera

Víspera

La víspera de nuestros cumpleaños nos preguntabas siempre qué íbamos a querer para comer. Era uno de mis regalos favoritos. No tanto el poder elegir el plato, sino tu pregunta; tu deseo de que nuestro día fuera perfecto, al menos en aquello que pudiera depender de ti.

El día de mi cumpleaños era genial porque era el mes de María en el colegio y, algunos años, me tocaba llevar las flores para la Virgen de la capilla. Recuerdo pasar por el mercado antes de ir a clase y recuerdo el fresquito de las mañanas de mayo en mis muslos, a donde las medias de lana no llegaban bajo la falda. Cierro los ojos y lo veo…: un cielo azul, con algunas nubes; ir de tu mano, muy contenta, con las bolsas de chucherías en la cartera para mis compañeras y la caja de bombones para la señorita; los besos y abrazos de las niñas y la ilusión por la ce­lebración de la tarde.

Mi cumpleaños les gustaba mucho a mis amigas, porque siempre comprabas tarrinas de helado ¡y cucuruchos!; nada de galletas de corte, ¡cucuruchos, como en las heladerías! Era el primer helado de la temporada, la primera casilla de la rayuela que acabaría por llevarme a mi querido verano.

Fui inmensamente feliz cada uno de aquellos días de cumpleños que me regalaste a puro detalle de amor. Gracias, porque los atesoro y me acercan a ti, como si aún fuera posible abrazarte. Gracias, porque a ellos puedo volver, ahora que los 10 de mayo están rotos.

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