Grace Green
Probé a imaginar que el guapísimo tío que no dejaba de mirarme, con el primer sorbo de café, caería fulminado delante de mi mesa. Por eso, cuando se desplomó, me asusté tanto que salí corriendo. Sin pagar.
Llegué al portal de mi casa muy sofocada. Nadie me vio entrar ni coincidí con ningún vecino ya dentro. Subí por las escaleras sin parar de correr, con la llave de casa preparada y la imagen del cuerpo venciendo la silla, en primer plano de mis pensamientos. Me miraba. Tuvo que reconocer mi espanto ante la eficacia de mi jueguecito peligroso. Solo fantaseaba con un inicio impactante para mi nueva novela y ahora había un hombre muerto. Un hombre muy guapo muerto. Un hombre muy guapo muerto que me miraba instantes antes de tragar aquel sorbo de café que yo imaginé envenenado.
Me quité la ropa por el pasillo y me metí a la ducha para eliminar cualquier rastro criminal que conservara mi cuerpo. Me froté con urgencia y me rasqué con champú la cabeza con tal fuerza que me arañé el cuero cabelludo. Permanecí bajo el agua hasta que sentí frio; con los ojos abiertos y un grito agarrotado en la garganta; apretando las caderas contra la pared que, a mi espalda, soportaba la inestabilidad que la culpa había arrojado sobre mis piernas.
Me esforcé tanto por no pensar en mi homicidio involuntario que, mientras me secaba el pelo, mi cabezá eligió centrarse en lo guapísimo que era el tío aquel y en que me miraba porque, seguramente, se había sentido atraído por mí. ¿Se puede ser más anormal? ¿Dónde estaban las respuestas físicas y emocionales correctas, como ser humano que acababa de provocar la muerte de una persona por ser excesivamente creativa con sus pensamientos de escritorcilla de tres al cuarto? ¿Llorar, gritar, un ataque de ansiedad…? Nada de eso. El tío era guapísimo.
Busqué en el armario de Lito y encontré aquel chándal gris suyo con el que me pasé todo el confinamiento. Me lo puse y, seguidamente, me calcé la gorra de los Hombres G. Playeras, llaves y a la calle. Tenía que volver al lugar del crimen y hacer mío el relato de los testigos, como si yo no supiera la verdad de lo ocurrido.
Caminé con conciencia de cada metro de trayecto que me devolvía al escenario de mi bautismo como asesina. Reconocí en mis andares una seguridad nueva, una superioridad recién instalada; había matado a un hombre y con ello había sido rescatada de mi irrelevancia. Si bien es cierto que, por razones obvias, no podía contárselo a nadie, también lo era que una transformación irreversible estaba acicalando mi cuerpo, convirtiéndome en alguien digno de atención.
Unos minutos antes de llegar al bar, aventuré cómo habría sido abordado el suceso por las personas que, junto a mí, habían presenciado el fulminante fallecimiento del pibón que nunca hubiera imaginado que aquel cortado se convertiría en el arma del crimen. Muerte natural, un infarto. Esa premisa me daba un margen para salir del país: solicitar la autopsia, esperar resultados, descubrir el café adulterado por mis ansias de thriller, sospechar de todo el mundo, interrogar a los camareros, convocar a los testigos que ellos mismos pudieran ayudar a localizar, citarlos, tomarles declaración y sacar conclusiones… Mi respeto por la policía es tal que no me cabía la menor duda de que acabarían por sospechar de mí, pero les iba a llevar un tiempo que no estaba dispuesta a concederles. Para cuando las conclusiones de sus investigaciones apuntaran hacia mí, yo estaría trabajando sobre el borrador de una novela superventas que firmaría con el pseudónimo de Grace Green.
Al doblar la esquina, vi el cerco… No era policial. Ni sanitario. Pero había cámaras y micrófonos. Y un nutrido grupo de gente. La televisión ya estaba allí. Me tanteé el pantalón de Lito, pero, mierda, no había cogido el móvil. Tendría que conseguir información preguntando, haciéndome la tonta.
Me acerqué un poco más, recolocándome la gorra para cubrirme hasta la altura de los ojos.
- ¡Ahí está! —me sobresalté. Me señalaban.
- ¡Tú!… ¡Ex de Lito! —¿Había dicho “ex de Lito” o “es delito”?
Me hice la loca y, disimiludamente, me desvié para salir de allí. Pero a los pocos segundos, sentí una mano sobre mi hombro que frenó en seco mi trayectoria:
- ¿No eres tú la exmujer de Angelito?
Desconcertada por el giro de los acontecimientos, rogué a la parte de mi cerebro que rige mi comunicación verbal y no verbal, que me sacara de aquella situación que ni vi venir ni alcanzaba a anticipar a dónde me iba a llevar. Pero antes de que pudiera decir nada, la tipa siguió hablándome a voces:
- Pues vaya con la ex de Lito —comprobado: nadie hablaba de delito, por el momento—. No conforme con levantarte y pirarte, y joder el rodaje de este señor —señaló al tipo que la acompañaba— y el trabajo de toda esta gente, te has ido sin pagar el café. ¿Tú sabes la de peña que quería ser figurante de esta peli?
No sé si continuaría el chorreo, porque yo ya no escuchaba. Acababa de leer las palabras “Gris Green”, en la primera página del guion que sujetaba el director de la película. Me miraba con esa expresión con la que imagino a los editores que rechazan manuscritos de gente como yo. Gente como yo, obsesionada con ese primer párrafo de la gran novela de su vida; gente como yo que no distingue entre vivir y escribir, porque son la misma cosa.
Me presenté en el estreno de Gris Green. Sentía curiosidad por ver en qué había quedado el prometedor thriller que tenía como perturbador escenario de la trama a la ciudad más gris de todas las green. También es verdad que me moría por ver al tío guapisimo al que, en mi delirio literario, creí haber sesgado la vida con un cortado, en el esplendor de su juventud.
Llegó la escena: El pibón arroja encanto y feromonas sobre la barra del bar y sobre el regocijo de la camarera (un poco mayor para dejarse despeinar con una sonrisa de intenciones tan expuestas). Mi chico guapo paga su café y yo siento una punzada de vergüenza al recordar mi simpa azuzado por la comisión del delito con resultado de muerte fulminante. Pibón toma asiento y, frente a cámara, sostiene la mirada…
- ¡Me miraba a mí, me miraba a mí! —grito para toda la sala, como la loca que soy.
Me levanto, presa de mi jolgorio y, ya con mi objetivo cumplido, abandono la sala con la dignidad de la mismísima Grace Green.