Una experiencia anfibia con Virginia

Una experiencia anfibia con Virginia

Encuentro esto en los diarios de Virginia*: «Esa extraña vida anfibia del dolor de cabeza (…). Ahora en cama, ahora levantada». Y pienso: Sí. Yo, en lugar de cama y levantada, hubiera puesto desconectada y en nebulosa». Pero sí. Son esos los dos estadios de convivencia con el dolor.

Normalizar una vida con sufrimiento es pura supervivencia, una herramienta de resistencia que no por ello anula la conciencia de una existencia resignada a una circunstancia sobrevenida que no deja de provocarte: ¿Eres capaz de recordar lo que era vivir sin dolor? No.

Tampoco consigo encontrar en mis cajas mentales el recuerdo, físico, de mi cuerpo en coordinación mientras corría. Cuando era cría fui muy buena en la carrera (siempre he notado que tenía altas capacidades para la fuga). En el colegio le llamábamos cross y consistía en competir con las compañeras corriendo alrededor del edificio por el patio. Tras un número de vueltas (las que fueran), llegaba el momento del sprint, donde te jugabas los primeros puestos en meta.

No recuerdo la sensación física de mis piernas corriendo, pero sí saberme en el limite de mi resistencia y respirar la emoción de cumplir los últimos metros: ese sentir que no puedes y saber que sí. Y seguir. Y llegar la primera. O la segunda. Da igual. Llegar. Mi tramo sprint ahora empieza en el primer metro del camino, pero mantengo el carácter que me permite seguir y llegar. No la primera. No la segunda. Solo llegar. Como en tantas cosas de la vida.

Baloo y yo acabamos de llegar también. Hace una tarde hermosa, como diría Ernesto**. Hoy ha merecido particularmente la pena el sprint sin previo, porque mientras paseaba con mi perrete, no podía dejar de escuchar dentro de mí la música que había surgido de las páginas que había leído unas horas antes. Esa melodía que nace para mí y encadena, en una experiencia sonora única, las frases de Virginia. Esa melodía que cada vez que la escucho ocupa el primer plano de todo lo que ocurre en mi lectura; asisto a un trabajo de parto y expulsivo provocado por contracciones de pura belleza, en esa manera que tiene Virginia de alumbrar el mundo con su mirada literaria.

Los diarios de Virginia están llenos de amor a la escritura y de urgencia por contar. Son la experiencia cotidiana de la obediencia a un mandato interior hacia la composición, a puro juego entre palabras y signos de puntuación, con la responsabilidad de bruñirse para ofrecernos todo lo que ella era y toda su capacidad de poner a nuestro alcance con sus líneas, su relato; para regocijo de nuestra emoción y nuestra admiración.

En sus referencias al anhelo de una soledad sin ventanas a la vida que continúa ajena a la escritura, identifico esa urgencia —que tan bien conozco—, por sumergirse en el misterio de abrazar un texto entre los dedos y el papel. Me siento hermanada con esta grande de la literatura. Cuanto más crece mi respeto, más pequeña me siento y más agradecida por tanto alimento.

Somos una gran famila de mujeres y hombres que, como Virginia, sentimos haber venido a este mundo a contar y contarnos bonito (o interesante) lo que sentimos, lo que nos pasa, lo que les pasa o podría pasar también a otras personas que inventamos, para que nos ayuden a trazar historias que nos acerquen y (si se produce la magia), nos conecten para siempre.

Leer a Virginia es también una experiencia anfibia, como el dolor de cabeza: en cama o levantada, en desconexión o en nebulosa, no te la puedes sacar (ni quieres) de dentro.


* Woolf, por su puesto.

** El abuelo, quién si no.

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