Unos largos en el Omecillo
Cada mañana de este impasse por el que transito desde hace semanas, salgo de casa con mi bicicleta y una mochila ligera a la espalda, y pedaleo con tranquilidad y mirada consciente a todo lo que sucede mientras todo lo demás pasa. Es uno de los lujos que permite el autocuidado: contemplar. No hay prisa. La urgencia ha cambiado de acera y en la mía hay flores a los lados, trinos, árboles maduros, ruidos de ciudad que no van conmigo y personas que no saben de lo que hablo, porque van con la mirada en la pantalla mientras caminan deprisa o con las manos en el volante mientras se desesperan porque hace un nanosegundo que el semáforo se ha puesto en verde y el de delante no se mueve. Cruzo la ciudad para ir a nadar y saludar al sol regalado a estos días que vivo atendiendo la necesidad de mi cuerpo, en pura paz y entrega al alimento de mi mente y al ejercicio de mi relato.
Al llegar a mi destino, me he encontrado con una treintena de chavales y chavalas y tres chicos jóvenes al frente del pastoreo; todos ellos alineados visualmente gracias a una camiseta verde flúor que les identificaba como grupo de una colonia de verano (ahora le llaman campus). Mis pies se han detenido. No sé por qué. Igual porque quería, literalmente, pararme en esa visión, en ese recuerdo que me ha raptado del presente para llevarme hacia hace más de treinta años.
Otros tiempos. Primera quincena de julio. Al fin llegaban las colonias de la parroquia y nuestra razón de peso para salir de casa y sentir esa libertad que el verano trae bajo el brazo cuando se es joven. Un grupo de amigos y amigas nos entregábamos cada verano al gobierno de la chavalería y a la animación del programa de actividades que preparábamos con mucho mimo durante el mes de junio. Lo poníamos todo al servicio de aquella experiencia, compensando con ilusión y entrega las carencias propias de los 90: allí nadie tenía carnet de monitor ni de manipulación de alimentos ni nada. Nos acompañaban Jose, el cura responsable de los grupos de postcomunión, que se decía, y dos cocineras. Ahora pienso que no les agradecimos suficientemente el gran trabajo que hacían preparando comida para más de cincuenta personas, aprovechando las sobras, custodiando las codiciadas monodosis de una Nocilla que no se llamaba Nocilla…
Olimpiadas, ginkanas, talleres, baños en el Omecillo, juegos nocturnos, veladas, paseos por el monte Bachicabo y caminatas a Espejo, para bañarnos en el río; la excursión —esta sí en autobús— a las piscinas de Sobrón. Y la presencia misteriosa del Zorro que, año tras año —en comunicación permanente con el zorrero pero sin su ayuda—, conseguía poner las zetas allí donde se le retaba a hacerlo y sin ser visto; burlaba los grupos de vigilancia con maestría y nos hacía gozar con su pericia uno y otro día. Pienso en el Zorro y tiene la cara de Sergio, el mejor zorro que tuvimos. Sonrío recordando que todos los años la chavalería sospechaba de mí; yo era la novia del zorrero, era lo fácil. Por ello, también cada año, el indómito Alejandorro no perdía el tiempo para hacerme la tradicional pregunta: «¿Eres tú la Zorra?». Las trampitas del lenguaje igualitario.
Aquellos años en Bergüenda fueron inolvidables. Con luces intensas y alguna sombra, concentran las experiencias más importantes de mi primera juventud: la amistad, hacer manada con todos y todas y cuidar de que nadie quedará atrás; la creatividad, la cooperación, la responsabilidad, el contacto con la naturaleza, las incomodidades de la acampada y las carencias de una casona vieja requetevieja, que cumplía bien el papelón de ser centro de operaciones. Aquellos años de primeras quincenas de julio en Bergüenda fueron también años de alianzas, compromisos y relaciones que luego la vida se llevó por delante con mayor o menor dolor.
He detenido mis pies al ver al grupo del campus llegar a las piscinas, para permitirme también parar mi tiempo.
Escribo sentada sobre la toalla y mientras garrapateo estas últimas líneas, anticipo mi baño en las frías aguas del Omecillo, sabiendo que cuando termine de hacer mis largos, la escalerilla de la piscina me devolverá a 2025. Pero nadie me podrá quitar el ratito que he pasado atacando con mi dedo índice una bandejita monodosis deliciosa, que no sabía a falsa Nocilla, pero sí a vida por vivir y a juventud.
2 comentarios en «Unos largos en el Omecillo»
Bufff cuantos recuerdos me han traído tus palabras. Mila esker
Qué compañía más grata la tuya, Marta. Desempolvar los recuerdos propios tiene esto tan fraterno de soplar sobre los ajenos. Qué veranos aquellos más ricos, con cuatro cosas y todas importantes. Muchas gracias, amiga