¿Dónde estaban las mariposas?
No sé en qué momento dejaron de revolotear en torno a nuestros días, pero es un comentario generalizado que han vuelto. ¿Dónde estaban? ¿Alguien sabe? ¿Se fueron cuando las cosas se pusieron feas?, ¿cuando a la vuelta del confinamiento volvimos a expulsar del paraíso a todos los bichitos que creyeron que no volveríamos a malograr su ecosistema?, ¿cuando se archivó definitivamente el caso de la desaparición de las cuatro estaciones?
¿Y por qué han vuelto? ¿Es por el estado asilvestrado de los parques y jardines de nuestra ciudad green?, ¿han interpretado que es un mensaje encriptado de nuestra alcaldesa para que consideren visitarnos de nuevo con el regalo del buen tiempo?
Las preguntas sin respuesta han acompañado a la humanidad desde siempre y, desde luego, incertidumbres de mayor calado fueron las que prendieron la chispa del pensamiento, la oratoria y la discusión, que pusieron las bases para nuestra filosofía. Pero, como estoy en mi casa, me permito una irrelevante reflexión en la que la parte me lleva a un lugar mayor que cada vez comprendo menos: el mundo y sus seres humanos.
Preguntarnos hoy dónde estaban las mariposas es, por un lado, haber pasado por alto que hacía tiempo que no las veíamos; y, por otro, reconocer que el par de segundos que la belleza de su aleteo captura el rango de nuestra mirada nos regala una experiencia de regocijo y devuelve un pelín de fe en la convivencia de las especies; independientemente del tamaño y posición que ocupen en el tinglado que tenemos montado en la casa común que debería ser la Madre Tierra.
Hace ya unos cuantos años que mi saco de imprescindibles para la vida pierde. Soy consciente de que ese agujero que le encontré un día es cada vez más grande, porque no consigo encontrar el momento para prestarle la atención debida. Por ahí se me escapan cosas, aprendizajes, personas… que eran importantes y no eché en falta a tiempo; distraída en poner orden, en sembrar, asegurar o controlar las amenazas para sobrevivir a mi tiempo. Y me pasa cada vez más que, como las mariposas que dejaron de danzar entre nuestras flores, de repente, se plantan ante mis ojos, en un recuerdo fugaz como un aleteo, aquella cosa, aquel aprendizaje, aquella persona que era importante… haciendo que me plantee en qué momento del desgarro del agujero cayó y lo perdí.
En estos días de individualismo atroz, de prisas, de agonía del bien común, de ideologías envalentonadas que arrinconan y dicen trabajar por la construcción de un futuro que recuerda peligrosamente al pasado…, agradecer la armonía que ofrecen la pequeñez y los colores de una sencilla mariposa, me hace pensar en lo necesitadas que estamos de instantes de luz.