Personas para un mundo maravilloso

Personas para un mundo maravilloso

Se nos había hecho tarde, un día más. Las doce del mediodía no son horas para ir a la playa. Hacía ya muchísimo calor y teníamos unos cuarenta minutos de carretera hasta la cala de Aigües Blanques. Al llegar, recorrimos un polvoriento aparcamiento en superficie buscando un hueco y lo encontramos bajo las ramas de un algarrobo; las personas más madrugadoras estaban ya de retirada y dejaban paso a familias como la nuestra, que no consiguen jamás salir de casa a una hora razonable. La típica recomendación «Evite exponerse al calor en las horas centrales del día», en mi casa tiene menos impacto que las frases de oráculo de feria que aparecen en las bolsas de té, en los sobrecitos de azúcar o en algunas galletas. Las horas centrales del día cuentan con nuestro patrocinio desde hace años. Y luego pasa lo que pasa.

Bolsas y sombrillas al hombro; la neverita y un par de sillitas plegables, que no nos falten. Por delante, el reto de un paseíto bueno bajo la solana para acceder a la playa. Yo, libre de bultos, porque caminar con muleta tiene sus prerrogativas, pero lo cierto es que, mientras avanzo hacia la salida del aparcamiento, en mi cabeza escucho: ¡Qué necesidad…!

Y, entonces, un ragazzo allegro e amichevole, nos interpela desde la ventana de su coche. Interrumpe su maniobra de salida y ofrece llevarnos hasta la playa. Mi marido, que es muy de no meterse en situaciones imprevistas, declina la invitación con una sonrisa y mi cabeza va a la velocidad del rayo para intentar entender, por qué alguien que te quiere te haría algo así. Por suerte, el muchacho insiste con mi marido: su novia espera a que él la recoja en la salida de la playa y no le supone ningún problema llevarnos y evitarle a la lady (me encanta ser la lady) un trayecto tan pesaroso con muleta y bajo el sol: Amo l’Italia e la sua gente y, en particular, a nuestro ángel napolitano.

Subimos al coche agradeciendo en inglés tan increíble gesto de cortesía entre pueblos mediterráneos. Se teje la conversación en modo torre de Babel, pero entre el inglés, el italiano y el castellano, se hace posible la comunicación: «Kindness is the power of the people. Kindness is what makes a wonderful world», dice. Bien por el ragazzo, hay esperanza.

Salvamos la distancia hasta la playa recorriendo los lugares comunes de conversación de verano entre personas desconocidas: ¿De dónde sois?, ¿dónde estáis alojados?, ¿cuánto tiempo lleváis en Ibiza?, Aigües Blanques es una playa preciosa, sí que lo es… El muchacho hace una parada unos metros antes de llegar, para explicarle a la sua ragazza, que lo está esperando sentada en un bordillo, que ha recogido a una familia en el aparcamiento para dejarla en la playa y que enseguida volverá a por ella. Su sonrisa traduce a lenguaje universal lo que todos pensamos: ¡Qué novio tan encantador!

Llegamos a destino. Nos despedimos del chico con un apretón de manos antes de salir del coche y recuperamos nuestros bultos. Lo vemos maniobrar y marchar. Al girarnos, la imagen magnífica del mar y la playa en valle bajo el sol impenitente me regala una postal en vivo: en la esquina superior izquierda pone «Aigües Blanques, Ibiza»; abajo, a la derecha: «La amabilidad es el poder de las personas. La amabilidad es lo que hace un mundo maravilloso».

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