Ventolera en Figueretes

Ventolera en Figueretes

Un viento terrible se ha levantado en Ibiza. Ha amanecido el cielo abrigado y gris. El rugido del aire azota las telas tupidas de las sombrillas expandidas e irrelevantes en esta mañana sin sol. Estoy bajo una de ellas, frente al mar; espero mi café y mi rato para escribir.

Unas gotas confusas se estrellan contra el suelo y, al momento, se secan. Se ha desplomado un panel, no sé si por la ventolera o al fin avergonzado por los precios de temporada. Una sombrilla escapa de su anclaje y ataca sobre el paseo marítimo. Un camarero apurado sale de entre las mesas y se afana en recuperarla. El resto del personal interrumpe sus quehaceres y sale también disparado. Con celeridad, retiran el resto de los paneles, despliegan y anudan los parasoles, los cargan y humillan contra el suelo.

Debería marcharme de aquí, los vendavales siempre dan un poco de miedo. Alguien a mi espalda dice algo de «tsunami». En la memoria colectiva, las imágenes de la devastación de aquel 26 de diciembre acopladas a las escenas de Lo imposible, que pusieron rostro cinematográfico a las vidas heridas y a la devastación que arrojó la tragedia en el Índico. No parece que vaya a ser para tanto la cosa en esta playa de Ses Figueretes, desde la que escribo descontando el tiempo de mi rato para contar.

Baloo jadea bajo mi silla. La cadencia de su agitación se acompasa a la música revuelta del viento y, como un ejercicio de percusión virtuosa, permito que resuene en mi latido. Me alcanza la tensión de los camareros que desmontan la terraza y escribo esta última frase, a pesar del zarandeo de mi pelo sobre el rostro y los azotes de las hojas barridas por el viento contra mis piernas.

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