La maldición de la parábola de los talentos
La parábola de los talentos (Mt 25, 14) me ha arruinado la vida. He crecido con la presión insoportable de desarrollar mis talentos en la medida de su potencialidad y nunca menos. Recibí una educación religiosa y estricta en el cumplimiento de las normas y la interiorización de valores irrenunciables para las personas de bien. Agradezco lo primero y lo tercero, y un poco menos lo segundo. El caso es que soy una suma de lo que recibí de mis padres y entorno más cercano, y de la dedicación personal a la rentabilidad de mis dones.
Crecí escuchando que tenía capacidad y herramientas para hacer lo que quisiera en la vida. Lo escuché en casa y en el colegio. Lo escuché como refuerzo positivo y también como reproche ante determinados fracasos. Lo escuché siempre sintiendo que había heredado una deuda insoportable a cuyo pago tendría que dedicar mi vida. Supongo que la obsesión con la que yo decido desarrollar mis talentos es responsabilidad exclusivamente mía y no le voy a cargar este muerto a nadie. Pero lo cierto es que es una mierda.
Es una mierda cuando se convierte en una maldición que cae sobre personas a las que quiero y las oprime como lo hace conmigo, disfrazando mi penitencia vital, de justicia o de compromiso con el bien común. Me siento hermanada con ellas en la frustración de ser consciente de que se esperan cosas de mí que yo siento que no puedo dar.
Ya sabemos que la mira tiene que estar puesta en nuestra felicidad y no en responder obsesivamente a la imagen que proyectamos. Y sabemos que los demás, quienes nos miran y esperan tanto de nosotras, no son Dios ni nos llaman al Juicio Final para ver qué hicimos con los dones que nos fueron dados al nacer. Ya sabemos que está bien con esforzarse, ser responsable y tener la pretensión de aprender cada día algo nuevo que nos sirva y sirva también para ofrecer una pequeña caricia a nuestro castigado mundo. Ya sabemos que a quien tenemos que complacer con los pasos que demos en la vida es a nosotras mismas.
Pero la verdad es que la parábola de los talentos un día se posó en mi espalda y le he permitido echar raíces. Asistimos a diario a los brotes de exigencia e inconformismo que tanto nos hacen sufrir a las mujeres. Pero cuántas veces pasa que una es más resultona que guapa y acaba descubriendo que no da tanto de sí la cosa como le hicieron sentir para darle seguridad. Llegado ese momento de la vida en el que ya no se esperan sorpresas sobre una misma, ya solo queda desprenderse de las alforjas cargadas y permitirse ser quien se es.