Me encontré con Shopenhauer
Sí. Así fue. El domingo pasado me topé con Shopenhauer de la mano de Merlí, el profesor de Filosofía cuya serie sigo en euskera desde hace varias semanas. Como mi euskera es un poco justito, aquello que no entiendo me lo reveo en castellano. Sin trampitas, ¿eh? Primero, en euskera.
Habitualmente, lo que mayor dificultad me causa es comprender las ideas generales que Merlí traslada a su alumnado sobre los postulados de los distintos filósofos. Recuerdo que, en mis tiempos de instituto, algunas veces, no resultaba fácil ni siquiera en castellano desenmarañar aquellos planteamientos excesivamente densos para nuestras cabecitas preadultas; o, al menos, no resultaba fácil para la mía.
Así que, con Merlí, al tiempo que aprendo la lengua, recupero pensamientos de tantos grandes como pasaron por mi currículo escolar sin dejarme un poso relevante. Tengo una edad en la que pesa ser consciente de haber olvidado enseñanzas que ahora me resultan tan interesantes. Saber que transité por lugares hermosos sin admirarlos como merecían, me produce una sensación dolorosa de oportunidad perdida. Quién sabe por qué nuestro cerebro discrimina como lo hace y nos graba a fuego tonterías como números de teléfono de niñas con las que fui a clase y no he vuelto a ver, y, sin embargo, me priva del conocimiento que ahora aprehendo con toda la voracidad que me permite esta vida estresante y tirana a la que me cuesta tanto encontrarle sentido.
Pero Shopenhauer vino al rescate. O no sé si todo lo contrario. Después de Merlí me tiré a la Red, porque descubrí que este señor del XVIII había escrito mucho y bien sobre los pensamientos que últimamente me rondan y me dan tan mala vida.
Dice Wikipedia sobre el discurso de Shopenhauer lo siguiente:
«En la medida en que la voluntad se expresa en la vida anímica del hombre bajo la forma de un continuo deseo siempre insatisfecho, Schopenhauer concluye que «toda vida es esencialmente sufrimiento (Leiden)» (Op. cit., IV, § 56). Y aun cuando el hombre, tras múltiples esfuerzos, consigue mitigar o escapar momentáneamente del sufrimiento, termina por caer, de manera inexorable, en el insoportable vacío del aburrimiento. De ahí que la existencia humana sea un constante pendular entre la Escila del dolor (Schmerz) y la Caribdis del tedio (Langeweile), periplo este que la inteligencia solo puede anular a través de una serie de fases que conducen, progresivamente, a una negación consciente de la voluntad de vivir».
Justo: la vida como un constante pendular entre el dolor y el tedio.
Dice también el filósofo -cito de nuevo a Wikipedia-:
«Es por ello por lo que Schopenhauer propone una huida del mundo. Con todo, no aprueba el suicidio como camino, ya que el suicida no renuncia a la vida en sí misma, sino a la que le ha tocado vivir en condiciones desfavorables. Por lo tanto, el filósofo reconocerá como válidas solo tres alternativas:
1. La contemplación de la obra de arte como acto desinteresado, fundamento de su estética.
2. La práctica de la compasión, piedra angular de su ética.
3. La autonegación del yo (asimilable a una suerte de nirvana) mediante una vida ascética».
Pues este es el camino para la salvación que propone Shopenhauer: la estética, la ética y la ascética.
Reconforta no sentirse sola en estas diatribas. Saber que alguien ha pasado antes por grutas húmedas y oscuras en la búsqueda (o negación) de su yo, aporta compañía; cognoscitiva, al menos.
Sé que lo suyo —y lo mío por encima de todo— es no quedarme con Shopenhauer mucho rato, seguir viendo Merlí y descubriendo, o redescubriendo, a partir del par de ideas que se siembran en cada capítulo, otros vericuetos en los que poner mi mente y mi alma a centrifugar.
Por ello, dejo para terminar esta entrada tan osada como frágil, la propuesta de cierre de capítulo del equipo de guionistas de la serie, a quienes también les pareció buena idea ofrecer tras el discurso de Shopenhauer, una vía de escape más oreada y más esperanzada:
Nota final: