Mis lugares
Casi nada se parece ya a como era. Pero hay lugares que siguen siendo si cuando nos reencontramos con ellos, seguimos sintiendo que la fuerza de los recuerdos nos los recuperan tal como eran. Y vuelven las personas y vuelven los olores, los sonidos, las sensaciones, las emociones que fotografiaron los espacios que no sobrevivirían.
Mientras me seco al sol y contemplo la piscina, puedo atrapar en mi nariz el olor a tortilla de patata que escapa de la bolsa de los bocadillos que ha preparado mi madre para los cinco. Puedo ver la botella grande de Tang y los vasos de plástico apilados junto a un paquete de servilletas de papel. Puedo ver el puesto que tenemos a solo unos metros y escucharme preguntar: «¿Después podemos un helado?» Sí cierro los ojos, puedo evocar la densidad y el frío que un lametón largo con sabor a mantecado regala a mi boca…
¿No eran más grandes los árboles de este parque cuando yo era pequeña? ¿O solo me lo parecían? Me doy un paseo e intento ver el río al otro lado de la valla conquistada por la vegetación. De repente, hay un acceso y dudo de si haya estado así siempre. Contemplo el agua turbia e intuyo el fondo.
Echo en falta la fecha del día escrita con arbustos, cuando recorro el paseo en sombra hasta la entrada del parque. Fantaseo: pongamos… 22 de julio de 1981.
El recuerdo de mi infancia resbala y acepto que no podré subir más allá de las copas de los árboles, del azul y de la luz. Me consuelo con saber que puedo volver a mis lugares cuando quiera, cuando lo necesite, con solo ignorar el tiempo y el espacio que no se parece ya nada a como era.