Alertas prêt-à-porter
Ante la perspectiva de un montoncito bueno de horas de copilota en carretera, me he tirado a las redes sociales. Primero a por las portadas de la prensa nacional e internacional; un arrebato que se paga caro en un día como hoy en el que las noticias «reales» están que arden. La osadía de leer información genera impactos en las emociones más primarias: se puede sentir vergüenza, estupefacción, enfado y hasta risa floja por no llorar. Hay titulares que no pueden ser verdad y lo son; otros que no deberían serlo y no lo son. Yo he caído en la trampa hoy.
Me ha pillado con la guardia baja; demasiado tiempo sin trabajar… Está claro que tengo las alertas profesionales bajo mínimos. Confieso que he sentido un poco de vergüencita propia; de la ajena también (¿quién no, en estos tiempos que corren?).
Saco el látigo para reñirme por haber sido tan torpe de compartir en Facebook un hilo de una cuenta no oficial con algunos despropósitos que, de hecho, me han hecho decir: «¡¿Pero quién le lleva la comunicación a esta gente?!». Pues está claro que debe ser un equipo profesional mucho más riguroso, como cabía esperar. Y el caso es que después de decir esto en voz alta no he dado ese paso más, tan necesario, de verificar la cuenta.
Menos mal que siempre hay alguien al otro lado que, con olfato y amabilidad, te avisa de que has metido la pata. Gracias a mi prima (verificando la cuenta por mí) y a un compi de fatigas políticas he podido reaccionar, eliminar el contenido y pedir disculpas.
Este episodio ha provocado en mí una reflexión -nada nueva, por otra parte- sobre la fragilidad de la información veraz. La manipulación ha existido siempre, sin duda; sabiendo y creando una estrategia concreta para hacerla rentable a intereses varios. Pero ahora que, con solo quererlo, cualquiera puede decir o compartir lo que sea, las podemos liar muy pardas y hacer mucho daño con lo que difundimos -a personas, colectivos, empresas, organizaciones…- movidos por el arrebato o un clic demasiado suelto. Me resto el tanto y me apunto a sacar del armario, al menos, las alertas prêt-à-porter, para que no me vuelva a pasar esto.
He estado a punto de coronarme hoy. Me ha llegado por WhatsApp la falsa noticia de la muerte del gran Casaldáliga y la he compartido, durante unos segundos nada más, en un grupo donde lo admiramos mucho. Ahí he estado más fina (aún ignorante de mi patinazo en Facebook) y me he dicho: «Espera. Voy a comprobarlo primero». Y no era verdad. Bueno, pues así siempre. Verificar antes de publicar, verificar antes de publicar, verificar antes de publicar… Cien veces y con buena letra.