Agosto imperfecto
Este mes y yo teníamos un acuerdo desde hace muchos años. Él tenía que ofrecérseme entero y yo tenía que entregarme por completo a las tareas de descansar, relajarme y sentirme requetebién, como solo soy capaz de sentirme en agosto.
Como no hay alianza perfecta, empaquetar Vitoria en un lugar fresco y seco de mi alacena mental tenía un coste: no ver a mis amigas durante esas cuatro semanas.
Este año como todo es raro, agosto también lo es. Las circunstancias interrumpen mi desconexión y voy y vengo a esta ciudad que en estas fechas me mira desconcertada, como diciendo «¿Qué haces tú por aquí?». A lo que yo respondo: «Pues ya ves: este año va de adaptarse».
El pacto entre agosto y yo está roto y, encima, llevo tanto tiempo sin abrazar a mis amigas que el cuerpo se me queda frío a nada que se levanta un poco de aire. Estoy pensando mucho en las grandes compañeras de mi vida. Porque las quiero mucho y porque son las mejores. Las admiro porque son enormes; cada una de ellas con su propia belleza y su presencia a mi lado, provocando la mejor versión de mí; esa que juega al escondite conmigo cuando intento mirarla cara a cara.
Este agosto es raro e imperfecto. Se empieza a hacer muy pesada esta frágil nueva normalidad asida con pinzas de plástico malo a la cuerda los deseos de que todo esto pase. Me irrita ver cómo los muelles de las pinzas saltan por los aires y cae la colada que estaba tendida al sol de agosto. Echo de menos mi agosto de siempre, mi teléfono apagado, mis paseos sin dolor, la brisa jugando a empujar mi pelo contra el helado, la paz de los campos de Castilla y la certeza de que al volver a la rutina podría abrazar largo a todas y a cada una de mis amigas.