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Un lejos a tiro de piedra

Con este encuadre recorto una postal de Baltanás que me gusta mucho; una calle de barrio con esa bajada que dirige la mirada hasta la ermita de Nuestra Señora de Revilla. Paso por aquí cada día y se me va la vista; me parece un balcón natural, sin barandilla.

Otras estampas que fijo en mi retina cada verano son estas: cualquiera de las que recogen vistas desde las singulares bodegas de Baltanás.

He escrito otras veces sobre este pueblo palentino, capital de Valle de Cerrato. Ya son muchos días de verano los que sumo en estas calles que son páginas sobre las que ha quedado escrita la historia de la familia que escogí. Cada agosto vuelvo a recibir aquí mi tratamiento de sol, paz y horas que no conocen urgencias; cada año compruebo que acuso menos el polvo de los caminos y respiro mejor, y que no necesito mucho más que calor, lectura, tiempo y soledad para escribir, paseos y un vinito con tapa en la calle Mayor o en la plaza: ¿Cuándo habéis venido? ¿Y hasta cuándo estáis? ¿Dónde están las niñas?…

He vivido siempre como un regalo estar aquí. Mi padre y mi madre no tuvieron pueblos que ofrecer a nuestra infancia y nos subían a un tren que nos llevaba a toda la familia a la playa, cada año, del 1 al 15 de agosto. No éramos plenamente conscientes (al menos yo) del regalo que nos hacían llevándonos al mar y a tantos sitios que dejaron recuerdos, olores y vivencias a los que debo los versos que mis emociones escriben cuando pienso en aquellos veranos de mi niñez. Pero entonces, nos daba mucha rabia perdernos las fiestas de Vitoria y, cuando volvíamos, todos nuestros amigos y amigas estaban “en el pueblo”. Para colmo, nos recibía una Vitoria gris, destemplada y desolada: un auténtico drama que aún experimento cada vez que vuelvo, porque esta ciudad parece encontrar placer en ese falso abrazo de viento del norte y zirimiri con el que nos sitúa en una realidad meteorológica implacable, no por esperada menos irritante. Da igual de dónde vengas, es así. Vitoria huele el miedo a llegar y te gruñe.

Esto llegará en unos días, pero aún me quedan muchos por esta tierra de Castilla que me hace sentir lejos a tiro de piedra. Menos de dos horas me separan de las cazadoras de entretiempo, las rutinas, las exigencias que me acogotan y los temas que he puesto en pendiente esperando que me ilumine septiembre.

Este año loco que nos ha robado entera la primavera, nos ha dado permiso al menos para agarrarnos a esto que se parece al verano. Después del encierro, podernos ver las caras (aunque sea la mitad), lanzarnos a las carreteras y alejarnos de una casa que nos sale ya por las orejas conforman un lugar mental de respiro en el que sí podemos regalarnos bocanadas sin filtros; el bicho no puede -aquí no- colarse en el refugio luminoso y cálido que hemos elegido para cerrar un ratito los ojos y descansar, mientras la esperanza de que esto pase pronto vigila la puerta.

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