A ver ahora quién se la queda

A ver ahora quién se la queda

Hoy ha sido un día muy loco. A mediodía, las alertas de los periódicos digitales ponían en nuestro conocimiento el cierre de todos los colegios, institutos y facultades de Vitoria-Gasteiz, como medida de refuerzo a la contención del coronavirus.

Por la calle, todo el mundo tenía el teléfono pegado a la oreja: «A ver qué hago yo ahora con mi niño en casa quince días», «ya le he dicho a mi marido que no se quite la mascarilla en el trabajo porque ellos reciben suministros de Italia todos los días», «me voy a llevar a mi madre al pueblo con su hermana», «no entiendo nada: ayer todos abarrotando las calles en la manifestación, el partido del Baskonia de este fin de semana a reventar… Y ahora no salen con estas».

Esta tarde hemos sabido que también se cerrarán los centros escolares en Madrid, y esta noche, que se suspenden todas las actividades de los centros cívicos de la ciudad porque, hasta nueva orden, tampoco abrirán sus puertas. Italia ha decidido blindarse y no se puede entrar ni salir del país hasta que las autoridades competentes lo estimen oportuno.

Las personas poco dadas a alimentarnos de angustia previa compartimos espacios de potencial contagio con las aprensivas e hipocondríacas. Me pregunto si el Ministerio de Sanidad y el Gobierno Vasco tienen un plan, más allá de intentar cercar una amenaza que parece estar riéndose de todos los organismos al mando, con cada palo de ciego que parecemos dar.

Hace un rato, observando la superluna de marzo, me preguntaba si todo esto no será un escarmiento de la Madre Tierra por cómo la estamos tratando. Si no nos estará poniendo a prueba para que sintamos en carne propia, como ella, el acoso, la amenaza y el miedo a ser campo abonado para una imparable destrucción.

Tal vez mi pensamiento no sea más que un arrebato lírico; cada vez dudo más de que nos espere un tribunal de justicia verdadera al final de nuestro camino, como personas individuales o como la humanidad prepotente, tirana y despiadada en la que nos hemos convertido. Pero no nos viene mal sentirnos vulnerables, identificar un algo que ni siquiera vemos como un peligro que nos ronda, y temer por la salud de nuestras personas mayores y quizá por la propia. Quién sabe cómo se comportará este bicho a corto o medio plazo.

Tengo el cuerpo raro, la cabeza saturada y una potente confusión emocional ante el hecho de que en estos días un abrazo, un beso o un apretón de manos se hayan convertido en prácticas de todo punto insensatas. No entiendo bien si estamos construyendo una fortaleza defensiva o corriendo al fondo de la cueva, con la esperanza de pasar desapercibidos cuando el sádico virus nos aceche.

Se respira un ambiente apocalíptico en las calles, los supermercados y los corrillos. Pero, oye, que lo único que podemos hacer es lavarnos las manos como víctimas del TOC más clásico, y tosernos y/o estornudarnos en la flexura del codo; y, de paso, tener la oportunidad de utilizar esta palabra tan resultona, que no habíamos tenido ocasión de encajar en nuestras mundanas conversaciones de hombres y mujeres que viven en la seguridad que transmite saberse dominantes en el ciclo de la vida. A ver ahora quién se la queda mientras el resto corre.

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