Aviones de papel
Mientras yo me afano en mi recién recuperada capacidad pedaleadora y la ilusión camufla la tirantez de mi rodilla, la vida sigue y pasan cosas. Algunas no son tan buenas ni tan esperanzadoras, pero están ahí y me obligan a hacerles espacio en mis pensamientos, en mi corazón y en mis desvelos.
Mientras yo pedaleo con tesón y fascinación, a mi alrededor las horas y los días pasan factura a personas que quiero mucho. Me tienta no mirar para no ver, para que nada me distraiga de mi reto, de la concentración que necesito para seguir tirando y avanzando. Pero no es posible.
Me dejo atrapar por las emociones que se me cuelan como aviones de papel por las ventanas que abro para que llegue el aire. Un aire que trae frescura y también polvo, arenilla levantada por el viento, trocitos diminutos de hojas secas que regalan ese crujido hermoso a nuestras pisadas en otoño. Puedo barrer todo eso del suelo de mi casa y pasar un trapo a mis muebles, pero no puedo ignorar los aviones de papel y los mensajes que traen impresos entre sus pliegues.
Entonces una nube blanca decide pasarse por delante de mi sol y me quita la luz mientras leo. Leo y me voy poniendo triste. Los aviones de papel me hablan de enfermedad, de deterioro, de la invasiva vejez que acosa a mis mayores, de su soledad e impotencia; de almas tiernas que no se comprenden a sí mismas y olvidan cuidarse y quererse como merecen; de señores que siguen intimidando a señoras levantando la voz, los brazos, el tono y las contenciones que marcan el respeto debido; de los abusos de poder y del sistema de trabajo que devora el tiempo de vivir, de la colonización que las pantallas han hecho de nuestros espacios de conversación y paseos bajo el sol.
Se echa la tarde encima y la prematura noche de los últimos días de octubre sentencia que se acabó la luz por hoy. Recojo los pliegos de papel que llegaron planeando a mi ventana y los apilo. Suspiro intentando que no se me vaya de las manos la congoja. Qué vida esta.