Invencible
El 1 de noviembre de hace veintiocho años murió mi abuela Carmen. Era la primera vez que la vida me arrebataba a alguien importante para mí. Hoy, de nuevo 1 de noviembre, mi madre ha perdido a su querido hermano y yo tengo una grieta más en el corazón.
Mi familia está herida. Lo estamos teniendo tan presente como nos permiten el dolor de recordarlo y el destemple que nos provoca saber que no lo veremos más . Era bromista, provocador, buen conversador, interesante; tan fino en el uso de la ironía, tan en su sitio siempre, tan señor, tan de su señora, tan orgullosamente navarro en Madrid.
Mi madre lo adoraba. «Mi hermano es guapísimo», decía, y él se dejaba adular por su hermana más incondicional. «Yo es que quiero muchísimo a mis hermanos». Se lo he escuchado decir toda la vida. Siempre en el centro de su anhelo, a pesar de tenerlos lejos.
Ojalá ella no tenga que albergar una herida tan grande en el corazón, porque se lo romperá. Ojalá su enfermedad le conceda, al menos, el privilegio de no saber, de no tener que despedirse para siempre, de no tener que aceptar que estar lejos el uno del otro adquiere ahora una dimensión nueva, imponente, cruel y eterna en el definitivo adiós.
Hace unas semanas, charlando con mi prima, compartiendo el estado de salud de nuestros mayores, me dijo algo que estoy recordando mucho en los últimos días: «Qué pena ver así a los que creíamos invencibles». Justo así, querida prima. Nuestros invencibles han ido perdiendo sus superpoderes y se nos están yendo; y no hay forma de acolchar el dolor que provocan el deterioro, la enfermedad, la vulnerabilidad y el miedo a perderlos.
Pienso en él y me vienen a la cabeza las fotos de este verano en Narbarte. Mi madre le agarra la cara con devoción y lo besa feliz del encuentro con su hermanísimo. Busco las fotos y se me saltan las lágrimas. Pero sonrío, porque el amor que trasciende esa foto, ese sí es invencible.
