El dolor de la memoria

El dolor de la memoria

«Quizá uno empieza a envejecer en el momento en que empieza a dolerle la memoria». Me he encontrado con esta frase de Rosa Montero en internet. Creo que es justo así.

Es la ausencia de personas que se fueron para siempre o separaron su camino del mío, lo que ha hecho que empiece a sentirme mayor. Ser consciente de todo lo que ya no es como era, aquellos y aquellas que son hoy tan distintos a como fueron. Hacer a destiempo el duelo por lo que tuve y no retuve, por aquello que sentí y ya no siento, me hace tomar grave conciencia de la irreversibilidad del paso del tiempo.

Me duele recordarme trazando la ruta hacia un horizonte abierto, mi futuro. Duele el derrumbe de certezas poderosas como la vida eterna de los padres, los amigos para siempre o las cuatro estaciones. Duele mirarse por dentro, reconocer y reconocerse.

Pesa no ser capaz de perdonarse, enfrentar el día con la confianza rota, la esperanza remolona, la espalda cargada por el dolor causado, el agravio por la disculpa que no llegó y el miedo a lo que no podré o no sabré.

Veo crecer a mis hijas y me preparo para dejarlas hacer su petate y diseñar su itinerario. Pero no quiero. Las quiero creyendo a pies juntillas que su madre es la mejor: la más guapa, la más lista y la que siempre sabe lo que hay que hacer. Como cuando era algunos años más joven y los 40 una barrera ficticia y anticuada que marcaba el inicio del segundo tiempo solo si se lo permitías.

Tengo unas cuantas tareas hechas que han dado y dan sentido a mi vida. Pero, en este momento de invasiva transición, me siento con derecho a tener memoria de los años transcurridos y a permitir que me duelan. Aunque ello me haga sentir de pronto mayor y un poco triste.

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