El origen y el fruto
El origen y el fruto se hacen presentes en mi despertar antes de que mis ojos se abran completamente, dejando que se desenfoquen las últimas secuencias que fabrica mi mente semiconsciente. Son dos caballeros vestidos de marrón y verde que agarrotan la boca de mi estómago durante todo el día. Aflojan su presión al anochecer, para dejarme descansar unas horas, con la tristeza encabezando los títulos de crédito de los sueños que protagonizaré.
He pasado deprisa por muchas calles en las que debí haberme detenido. He querido llegar antes de lo que era razonable y ahora me doy cuenta de que no tengo buenas referencias del camino andado. He hecho un viaje largo y no tengo fotografías que den fe de la veracidad de mis recuerdos. Ahora, que ha pasado el tiempo, no sé si soy justa, fiel a los hechos y a los tiempos o si fabulo a mi favor para alimentar las razones de mi enfado.
El origen y el fruto son dos caballeros que acompañan mis pasos, uno por delante y otro por detrás, como un servicio de escolta imposible que acota mi rango de movimiento y limita mi libertad. No sé por qué sigo andando si no sé a dónde dirigirme y ni siquiera hay buena luz en los caminos que se me ofrecen. No le veo demasiado sentido al dolor alterno en mis pasos, pero hay un nuevo día que se asoma a mi ventana y me guiña un ojo para que no me tome tan en serio.
El origen y el fruto son dos caballeros que saben que no puedo vivir sin ellos. Vestidos de marrón y verde, juegan a lanzarse la pelota para volverme loca en mi intento de alcanzarla y detener este juego en el que solo puedo ser espectadora impotente y paciente.
El origen y el fruto se hacen presentes en mi despertar y decido levantarme; cansada y sin muchas ganas. Sale a mi encuentro un peludo mimoso que se alegra tanto de verme, que sonrío con todo mi cuerpo. Lo acaricio, lo beso y lo abrazo y, ante la evidencia de lo mucho que nos queremos, el origen y el fruto se retiran de los primeros planos de mi mente y me conceden esos minutos de paz en los que solo me permito sentir el calor y la suavidad del pelaje de mi perro en mi cara y entre mis brazos.