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El salpicadero del Panda

Hay un clamor popular que pide mi intervención en este asunto tan traído y llevado. Creo que no ponemos en riesgo la demanda permanente de igualdad de derechos entre hombres y mujeres cuando constatamos que en actitud, fornas y posición en el mundo de iguales nada de nada; más bien los unos con sus cosillas y las unas con las suyas otras. Ser hombre o mujer, determina: hay un equipamiento cultural de serie que nos condiciona el comportamiento social y, desde luego, el emocional.

Previo que tenemos que tener en cuenta: excepciones, haberlas haylas. Pero hagamos de este espacio un lugar donde podamos reconocernos en generalidades; seamos comprensivos y tolerantes y enfrentemos estas líneas con sentido del humor.

“Mi marido tiene menos detalles que el salpicadero de un Panda”. Testimono real (hemos distorsionado los caracteres, para que la autora de este comentario revelador no pueda ser reconocida por su marido). Sucedió ayer y yo estaba allí. Era la segunda parte de una conversación pelín más dilatada, imagino, en la que no estuve presente. Fui debidamente informada del contenido de la misma y se activó el protocolo de crisis: manifestemos al mundo las propiedades curativas del tunning. Hagamos del vehículo familiar, metáfora. Llevémoslo a nuestro terreno. Una huída hacia adelante con un plan arriesgado que consiga el objetivo: rescatar de una la ilusión de ser la chica de sus sueños.

No puede ser que ese panda siga aún sin un ambientador de flores enganchado en la rejilla del aire. No cabe en cabeza asentada que en el bonito lugar donde se aposentan las multas, no haya remota esperanza de encontrar una notita tierna que ponga a volar las mariposillas adormiladas en el estómago. No puede ser que al retirar la chaqueta de él -siempre reposante en el sitio que en breve ocuparemos- no encontremos un paquetito con sorpresa tipo: “He encajado a los niños. Te invito a cenar esta noche”. O “Mira a ver qué tal te queda este vestido, que a mí no me vale…”.

No puede ser que en ese Panda no suene, casualmente, esa canción que has dicho mil veces que te encanta. No puede ser que cuando te bajas del Panda con la bolsa de la merienda de los niños, las chaquetas, mochilas, carpetas, el papelito de que vuelve a haber piojos en el cole y tu bolso, no haya un mozo estupendo que se brinda sin pensarlo a cargar con todo, para que tú consigas encontrar la llave del portal sin echarte a llorar de impotencia.

No puede ser que ese Panda haya conseguido bonus en el seguro, porque no se inmuta cuando ve la raja de tu falda. No puede ser. Ese Panda está echándose una siesta demasiado larga ya. Que arranque ese Panda. Tanta gasolina en el tanque y ahí parado, como a la espera de que le cagolee un pajarito que no viene sino a desmotivar, por otra parte.

Esta entrada ha comenzado como llamamiento y se despide con el grado superlativo de clamor. Y si después de poner en marcha el operativo descrito, la operación fracasa, solo nos quedará ya entregar la inscripción para un taller que tengo visto, en el que te pasas el fin de semana pintando mandalas de afuera hacia dentro. O sea, lo más, para encontrarse y regenerarse la ilusión por seguir siendo una misma.

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