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Entre las higueras

Hace algunas semanas estuve en el cine viendo Entre las higueras (Erige Sehiri. Túnez, 2022), una película preciosa que narra un día en la campaña de recogida de higos en algún lugar de Túnez. En esta película documental, se intuye lo duro del trabajo temporero, a pesar de que hay tanta belleza en la cinta, que la jornada fluye ante nuestros ojos con una naturalidad que no daña, aunque consigue sembrar la semilla del reconocimiento de otras realidades de vida exigentes y pesarosas.

Para mí, que soy tan urbana y he tenido tan poco contacto con la generosidad de la tierra, las escenas de recolección de los higos me resultaron hipnóticas: bajar la rama con un palo, palpar cada fruto buscando ese punto de madurez, intuir el pringue entre los dedos al abrazar el higo con la mano y girarlo media vuelta, con cuidado, para hacerse con él y dejarlo caer en el cesto… Como comer pipas en verano: adictivo. Desde la butaca de una sala refrigerada de cine, las imágenes son, como decía antes, pura belleza. La pobreza es insultantemente fotogénica, en ocasiones.

Semanas después de haber estado en el cine, dieron comienzo mis vacaciones y vine a parar a una casa que me ha regalado unos cuantos días de jardín frondoso con árboles frutales y vegetación que da respiro a estas temperaturas que asfixian al planeta (por mucho que yo suspire por sentir el calor que a mi tierra no llega, más que a ratitos que me dejan siempre con la sensación de estar siendo estafada con otro verano decepcionante más en mi vida).

Y, entonces, las vi: las higueras. Tres. Una de brevas y dos más de higo verde. Delirio. Me encantan los higos, me chiflan los higos, ¡quiero higos!

Y así, cada mañana, y alguna noche a la luz de la linterna, me he acercado con reverencia y respeto a estos árboles maravillosos que gestan cada uno de los higos que escojo, palpo y abrazo, antes del pequeño giro que antecede a la gozosa experiencia de ir acumulando en mi bandeja estos diamantes tiernos y dulces que me regalan su exquisitez y su sabor a verano.

Pienso en las mujeres de la película, en la vida que pasa y de la que me hacen partícipe mientras trabajan y llenan los cestos para el patrón, y desde la posición de privilegio de mi vida acomodada agradezco mi suerte y estás vacaciones que me puedo permitir: este sol, este calor, este jardín, esta paz, mis jornadas de siete horas delante del teclado sin pasar calor, sin ensuciarme las manos y con un salario justo. Pienso en ellas y en el rato que pasamos juntas en aquella sala de cine. Miro mi bandeja de higos recién recogidos y mi pensamiento se va una y otra vez a esos campos de Túnez. Elijo uno, lo parto en dos y miro con deleite esa pulpa granulada y rojiza antes de regalarme un bocado más de verano que recordar cuando vuelva a sentir el frío.

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