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Cante en la mejillonera

Cuando una sale del terruño, le pasan cosas que en casa no pasan ya.

Vengo de darme un festín de mejillones y patatas bravas en un local donde media docena de tenores llevan al limite la proyección de sus voces para cantarle a cocina: «¡Escocesa!«, «¡Vinagreta y bocata de calamares!», «¡Calamares para llevar!»… Las conversaciones se suspenden durante esos dos a cuatro segundos necesarios para el mandado, porque sin par ruido comunicativo va en el lote y, a todas luces, compensa.

Las cañas se tiran sabiendo que las olas de calor han venido para quedarse: con agilidad, la espuma justa, la copa fría y la certeza de que regalan momentos impagables que piden cerrar los ojos y dar las gracias por tan poco y tan capaz de calmar tamaña sed.

Señores todos. De más de cincuenta años. Pantalón negro, camisa blanca de manga corta, nervio en el cuerpo que nos recuerda que este país tiene una hostelería muy top. Gesto de traerse algo muy serio entre manos, porque lo es. Memorización impecable de la comanda, entrega en tiempo, lugar y tramo correcto de la barra: «¡Boooote!» (lo cantan todo).

La gozamos. Todo riquísimo. A continuación, la escena constumbrista que se crece ante mis ojos nutre mi entusiasmo y unas ganas locas de ponerme a escribir…

Pido la cuenta:

— ¿Le cobro a usted la caña y al caballero lo demás?

— ¿Perdone? —sonríe y busca la complicidad de mi marido y, obviamente, la encuentra.

Yo no lo pillo. Me acerca el datáfono y me canta el importe. Acerco el teléfono y según pita, veo dibujarse una nueva sonrisa y una mirada que no es para mí:

— Ha sido usted invitado por la señorita (sic). La próxima le va a salir cara.

¡Acabáramos! Me he sentido Conchita Velasco en los años 60 desafiando al patriarcado. Así que era eso. He mirado a mi consorte y he pestañeado dos veces muy seguidas, para compensar; no vaya ser que haya perdido de golpe toda mi esencia de mujer por la tontería de pagar unas raciones. Lo que nos queda todavía y lo que les cuesta a algunos…

Nos lo hemos tomado a risa y he decidido pasarlo por alto. Rubiales nos ha dejado agotadas… y hace mucho calor.


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