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He tenido un sueño

Me he despertado pronto esta mañana: un ruido inoportuno ha avasallado mi sueño frágil y de prórroga, ya a esas horas. Sin demasiada fe en ser capaz de dormirme de nuevo, me he dado la media vuelta (justo antes he gruñido un poco, sí, por la interrupción inesperada de mi preciado descanso). Lo siguiente que recuerdo ya es despertarme, hora y media después, con la vívida desazón por la situación en la que me había colocado un sueño.

Iba con mi marido en un tren y estábamos llegando a Vitoria. Yo me bajaba y él no. Soy la única pasajera que hace intención de apearse, por lo que me aproximo ligera a la escalerilla de salida con mi bolso en la mano; no llevo equipaje. Bajo al andén y siento que hace un frío que pela. Son más de las diez de la noche, estoy fuera del toque de queda. Quiero subirme la cremallera de la cazadora y con el bolso no puedo. El vagón tiene una especie de gancho bajo una ventana y lo cuelgo allí. La cremallera se atasca y en lo que me entretengo, el tren arranca. Hago ademán de echar a correr para recuperar mi bolso y, en ese mismo instante, mi rodilla maltrecha me sitúa y me recuerda que yo ya no puedo correr. Siento una desolación infinita. En mi bolso está lo que necesito: el móvil y las llaves de mi casa.

Mi primer impulso es llamar a Javier y contarle lo que me ha pasado, para que en la próxima estación se baje y recupere mi bolso. Pero son más de las diez de la noche y solo yo he bajado del tren: no hay nadie en la estación, no hay nadie en la calle. No puedo avisar a nadie: sé que las cuatro cabinas que aún quedan por la ciudad son fósiles urbanos y no funcionan. Salgo de la estación y, al atravesar las puertas que se acaban de abrir a mi paso, pienso si podría ser una alternativa para mí pasar la noche allí. Retrocedo para analizar mis posibilidades con calma, pero las puertas se han cerrado ya definitivamente. Estoy en la calle sola. Hace frío. No puedo entrar a mi casa. No tengo forma de pedir ayuda.

Hay una persona que tiene copias de mis llaves y lo he tenido presente todo el tiempo, pero me resisto: hace años que nos distanciamos y no es planteable para mí presentarme en su casa después de tanto tiempo y, mucho menos, necesitada de su ayuda. Por el momento, el orgullo vence a mi desamparo.

Un hotel. Pienso que tengo que buscar un hotel. Sin documentación, sin dinero… pero quizá pueda desde allí llamar a la Policía Local. No, a la Policía Local, no, que me odia. Mejor a la Ertzaintza: les llamo, les cuento lo ocurrido y quizá puedan hacerme de aval para conseguir una reserva que podré pagar cuando consiga comunicarme con alguien de mi círculo que me pueda prestar el dinero que necesito para salir del paso. Eso es: que venga la policía, me identifique y me facilite la reserva de una habitación donde poder descansar y pedir ayuda a mi gente.

Busco un hotelito que hay en la misma calle que sale de la estación y, solo entonces, soy consciente de que la calle Dato no es la calle Dato. Miro las fachadas de los edificios y los locales comerciales y dudo: ¿No estoy en Vitoria? ¿Dónde estoy?

Retrocedo hacia la estación con la esperanza de ver en el letrero en qué ciudad me he bajado creyendo —mi marido y yo — que era la mía. Al cabo de unos minutos de calle desandada, ya puedo leer con claridad las letras grandes de la estación: VITORIA-GASTEIZ. ¿Y entonces?

Imagen de la estación de tren de Vitoria-Gasteiz

Me he despertado en una cama que tampoco es mi cama (esa es otra historia ya), en una casa que tampoco es mi casa (otro detalle de esa misma otra historia) y todavía con la sensación de estar en un lugar que no parece el mío, pero sé que es el mío; sabiendo que podría recurrir a un montón de gente pero sin poder hacerlo. Un poco como se debe sentir alguien que acaba de ganar la lotería y no consigue recordar dónde tiene el boleto premiado. Qué impotencia… No sé qué hubiera hecho después: ¿vagar por la noVitoria buscando un hospedaje (suena más peregrino, más épico)?

Me encanta soñar thrillers que guionizo y protagonizo yo, ja, ja, ja… Ahora, en perspectiva de espectadora de mi sueño, diré que me he visto monísima andando por la calle Dato que no era la calle Dato, sintiéndome un poco legendaria en una ciudad agazapada por el toque de queda y digna, muy digna, a pesar del aire gélido que he añadido a la escena; porque yo sé muy bien que esto, en la Vitoria del mes de abril, no solo es creíble sino probable.

Antes de ponerme a escribir he buscado en Google el título de este post y me he encontrado este tema que no conocía y que me ha gustado. No tiene nada que ver con mi sueño de hoy, pero sí con otro montón de sueños que me encantaría vivir en los que todas las personas pudiéramos ser protagonistas en un proyecto coral de oportunidades. Me lo pongo aquí, por si algún día de estos no se me ocurre con qué soñar.

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