Horas tempranas
Este verano, mi encuentro con la paz rural se ha hecho esperar. Pero llevo ya unos días por estas tierras del Cerrato, confiada a sus cielos azules y a las temperaturas que me recompensan el destemple de los meses robados. Venir a Baltanás es recibir el regalo de tiempos perezosos y concesiones al cuerpo, a la mente y al espíritu. Llegar a esta plaza de los Olmos es cerrar carpetas y detenerse.
Me despierto pronto. Resisto a los ladridos que se escuchan en el huerto aledaño cada madrugada, incorporo al tramo final de mi descanso el canto del gallo y recibo con ilusión la luz que se cuela en la casa, anunciando la llegada del nuevo día y la oportunidad de las horas tempranas.
Me levanto la primera. Saludo a Baloo, a quien sorprendo enroscado en una esquina del sofá. Lo abrazo, lo beso, me detengo mesando la suavidad de su pelo y él se deja querer, rendido a la certeza de merecerlo. Después subo la persiana y el cantar de los pajarillos se impone cual banda sonora de la escena inicial de una peli en la que todo está por pasar. La visión es magnífica, nunca defrauda: la torre de la iglesia de San Millán alzándose entre los tejados de las casas del pueblo; al fondo, los escuálidos molinos de la nueva normalidad y, a la derecha, parte de la montaña horadada del Castillo, las chimeneas de las bodegas y los merenderos. El cielo azul iluminado por el sol de Castilla que ya calienta. El run run de los coches al pasar por la plaza y por las calles colindantes, el gorjeo de las palomas, las campanas de la iglesia a lo lejos; cerca, las voces altas y claras que comentan lo que sea. Las moscas que se cuelan en mi narración saltando sobre mi teclado y posándose fugazmente sobre el trajín de mis dedos entregados al relato de mis horas tempranas.
Me entrego a la experiencia de percibirme en calma, entregada al desperezarse de esta mañana a reventar de luz y serenidad contemplativa. No hay prisa.
