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Kintsugi

Hace un tiempo leí en internet un reportaje sobre esta técnica centenaria japonesa que inspira en la búsqueda de la belleza de una pieza rota. El kintsugi consiste en juntar los trozos y rellenarlos con oro, de tal forma que el daño de la pieza cobre protagonismo. Cómo pasar por alto la lectura del valor que también las personas podríamos dar a las cicatrices que nos recuerdan lo que un día quebró, dejando de ser como era pero no lo que era; aquello que un día empezamos a mirar de otra manera, con compasión y agradecimiento, y fuimos capaces de reconocer desde el aprendizaje valioso que tatúan las heridas de la vida.

Ayer viví un momento emocionante. Después de dos años y tres meses, cumplí el sueño de volver a subirme a una bicicleta. Pero en ese momento mágico tan esperado ni estaba mi bicicleta de siempre ni estaban aquellas piernas fuertes que no la dejaban ni a sol ni a sombra. Ayer recogí con ilusión otra bicicleta: una a la medida de mis limitaciones, de mi fragilidad; ataviada de sueño cumplido en un acople perfecto con mi particular kintsugi.

Busqué la soledad y me hice la loca para no escuchar esas voces que me frenaban para que no lo hiciera sola. Porque yo quería hacerlo sola: sentarme sobre el sillín, colocar el pie de la pierna indemne sobre el pedal e impulsar con esa primera pedalada el valor para aceptarme en esas sensaciones nuevas, en esa certeza de que el oro que une los fragmentos de mi pierna rota ha convertido aquel instante de destrucción en un aprendizaje valioso que me ha hecho más fuerte.

Cogí impulso y coloqué en movimiento mi otra pierna sobre el otro pedal con el miedo a no poder, a tener finalmente que renunciar. Eso no pasó. Como una niña pequeña a la que acabaran de quitarle los ruedines, avancé temiendo no saber cómo girar, cómo frenar, cómo tocar, de nuevo, suelo. Pero supe. Sonreí debajo de mi mascarilla y hubiera agradecido poder llorar todo lo que necesitaba por la emoción de haberlo conseguido.

Ha sido esta mañana, al contemplar, como cada día, mi rodilla cosida, cuando he visto el oro del kintsugi en la hendidura de mi cicatriz y sentido como un regalo este reencuentro en el que no estaban ni aquella bicicleta ni aquella pierna; pero estaba yo, feliz, secándome los ojos, sintiéndome agradecida y afortunada.

Tan bonita, solo unos momentos después de recogerla.

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