La bola
La bola es una sensación parecida al hambre y, al mismo tiempo, a la imposibilidad de probar bocado. Se coloca en el centro mismo del estómago y se alimenta de mi energía. Engorda cuando me siento triste, incomprendida o sola. La bola se hidrata cuando lloro: recupera elasticidad y se adapta con facilidad a las curvas de mis entrañas. La bola se tensa cuando siento angustia y cuando pasan las horas y no consigo dormir. La bola es un parásito que me visita de vez en cuando, está conmigo unos días y luego se va.
Pero esta vez no. No se va. Sigue aquí: quitándome el apetito y castigando mis pensamientos. Proyecta su densidad en una nube negra a la altura de mis ojos, no dejándome ver lo que sigue estando detrás. A ratos me da tregua: me permite sonreír, cuidar de mi familia, disfrutar de mis amigos, trabajar… Parece que se está marchando ya, pero en cuanto me quedo sola, noto su latido en el centro de mi cuerpo: pom-pom…, pom-pom…, pom-pom…
Debe ser que estoy cansada, que la rutina me pesa en la espalda, que se me hace difícil seguir sin entender el porqué de las cosas. Pero hay determinadas respuestas que no llegan ni llegarán, porque nadie las tiene. La bola se alimenta de impotencia y de la urgencia de perderla de vista.