La del sarampión
Lo que me faltaba para alimentar un poquito más el brote de inquietud que me está creciendo en el huerto: la vacuna del sarampión (dos dosis). Para todas aquellas personas nacidas entre 1970 y 1980 que no tengan constancia de haber sido vacunadas, lo que es posible porque en esa década -dicen lenguas amigas- se dejó de poner de forma masiva. Me cagüen todo.
Detesto las vacunas, detesto las agujas (aun así me hice donante de sangre porque soy cero negativo y la responsabilidad me pesa). Como consecuencia de las recientes noticias recibidas en relación con mi lesión, en los últimos días, inyectables de heparina me muestran sus dientes esté dormida o despierta; los siento muy cerca y me angustio. Qué mala pata (sí, ja, ja, ja… muy mala) tener que pasar por quirófano otra vez. Y yo pienso: paso, no quiero, me piro y ya está, desaparezco, juego al cucu trás y en el trás… ni rastro de mí ni de mi pierna.
Pero es igual, porque me tendré que poner la vacuna del sarampión (dos dosis; ya lo había dicho, lo sé) y entonces ya se sabrán lo del cucu trás y no colará. Me pondrá en busca y captura la Ertzaintza y dos agentes me hallarán después de una nada reñida persecución porque mi pierna derecha no corre, ni siquiera con la motivación de huir de las agujas.
¿Pero a santo de qué el sarampión ahora (dos dosis)? Yo estaba gestionando mentalmente lo de la vía para la anestesia y también lo de la puerca de la heparina y ahora me doy de bruces con esta revelación tercermundista de que dejó de ponerse a todo quisqui una vacuna de una enfermedad chunga.
Pues es que a mí ahora no me viene bien. Así que, cucu trás, no estoy. ¡Hala por ahí!