La mariposa

La mariposa

Una vez, de niña, me perdí por seguir el vuelo de una mariposa. La quería para mi padre. La mariposa hizo conmigo lo que quiso y se lo debió pasar en grande alejándome del juego de mis hermanos y de mi madre, que pasaba las mañanas de «caza» de mi padre haciendo punto. O tal vez fue que la mariposa quería enseñarme su monte. O que, simplemente, me faltaba conocimiento para calibrar el riesgo de perseguir la belleza sin ir anotando referencias visuales por el camino. Pretendía atrapar entre mis pequeñas manos una mariposita azul y mantenerla aleteando para enseñársela a mi padre.

Ahora que soy mayor me espanta la idea de retener un bichito libre para mi mero regocijo estético. Los años nos van cambiando.

Parece mentira, pero aunque estamos terminando enero, hace mucho frío y llueve,  yo veo mariposas tras las que podría ir. Ya no son azules ni pequeñas ni las quiero para mi padre. Ni siento el impulso de ir tras ellas. Ahora sé que si les sigo el aleteo me pierdo sin remedio. Así que miro para otro lado, abro el paraguas, esquivo los charcos embarrados y me entrego a un bonito recuerdo para aquel señor que me encontró por el monte. A ese buen hombre que acompañó a una niña perdida hablando de su travesura, hasta llegar a donde le esperaba su padre: «A fin de cuentas, piense que la niña se ha perdido por conseguirle a usted una mariposa». No hacía falta que me cubriera, porque mi padre no me riñó.

Recuerdo este cuentico de mi infancia que tanto les gusta a mis hijas, porque la madrugada me ha sacado de mi ligero reposo al escuchar una voz «¿Pero dónde estabas?». No sé quién me llamaba ni por qué o para qué me reclamaba. Pero en ese abrir los ojos en medio de la nocturnidad, en la que realmente no ves nada durante unos segundos, aleteaba y coqueteaba conmigo una mariposa.

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