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Lágrimas, silencio, abrazos largos y lluvia fina

Quisiera no estar ahí donde se concentran las lágrimas y el dolor por quien se fue. Donde, de repente, alguien llora o evita romperse cuando le tiembla la voz de la emoción que pelea por salir. No quisiera porque hace que llore yo también. Me esfuerzo por contener las lágrimas -siempre considero que hay alguien a quien corresponde llorar más que a mí- y me duele la garganta de intentar evitar el llanto. Es un dolor que me baja al pecho y luego al estómago. Siento náuseas, me mareo. Y, entonces, se hace el silencio.

Es porque me he metido dentro de la burbuja y aquí los sonidos del funeral no me llegan. Cierro los ojos y lo veo a él… Cuando era pequeña, cuando ya no lo era tanto; hace unos años, en aquella ocasión, en aquella otra; aquel día lluvioso en San Sebastián que terminó en Irurita; hace unos meses, hace unos días en aquella bonita foto; lo veo en los recuerdos que evocan las palabras recién pronunciadas por mi primo. Lo veo a él y todas esas imágenes se proyectan en mi mente como en una película muda: sin voces, sin ruido, sin música. Es tan irreal ese silencio absoluto como los primeros compases de una pérdida que te araña el corazón.

Caminamos hacia el cementerio bajo una lluvia débil y una tarde que agoniza. Llegamos. Los paraguas tocan suelo y el sacerdote dice unas palabras. Sigo sin escuchar nada. Miro las nubes recortarse detrás de los cipreses para no ser testigo incómodo de los gestos de dolor y de lágrimas que escapan de puro amor.

Vuelve el sonido. El de la pala sellando la sepultura. Quiero volver a mi burbuja y protegerme de ese instante irreversible. Pero no se puede ya. Es momento de abrazos largos y palabras cálidas. Me entrego a ellos y quisiera que fueran consuelo y arrope, aun sabiendo que no serán suficiente.

Apenas quedan unos minutos de luz cuando dejamos atrás el camposanto. Las pisadas sobre el terreno del camino adquieren solemnidad de tambores al paso de una procesión. Los murmullos se acoplan a voces menos discretas y avanzamos; con la tristeza agarrada y una fina lluvia que, lejos de amenazar, acompaña a la noche y a la pena.

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