Las llaves perdidas

Las llaves perdidas

Mi primera bicicleta era Abelux. Nos la trajeron los Reyes Magos. Éramos cuatro, pero lo que hoy sería impensable, entonces era relativamente frecuente en familias numerosas: la compartíamos, al menos en teoría; en la práctica no tanto.

Nuestra bici era verde metalizada y tenía el sillín alargado y ancho, no en forma de pera como las BH y las Ordea de nuestros amigos y amigas. Era muy cómoda, pero en aquellas edades tempranas lo que una quería era ser como todo el mundo: tener una BH y no tener que exponerse a aquel comentario tan frecuente «¡Qué bici tan rara!». Ahora, en mis recuerdos, aquella Abelux es preciosa.

Me he despertado esta madrugada pensando en mi primera bicicleta. Después en la segunda, que creo que era azul oscura y que tampoco era particularmente disputada en casa.

En apenas unos minutos, mi mente ha bajado al portal y me he visto frente a la puerta de la guardería de bicis, vestida con la capa de lluvia blanca que me regaló Marta, las alforjas en una mano y en la otra, el llavero de bola con una parte del mapa del metro de Manhattan que me trajo Raquel de Nueva York. En mi ensoñación he abierto el pequeño cuarto de bicicletas de la comunidad y he visto la mía colgada, con los candados en la cesta y su pegatina «Ya sé yo mis cosas» en el cuadro.

Con esta bicicleta hice campaña en las Europeas de 2014 y a esa bicicleta enredé unos cordones violetas hace dos años con motivo de las reivindicaciones del 8 de marzo. Son dos recuerdos hermosos que me vienen a la cabeza. Y aquí va otro: esta bicicleta estuvo estacionada junto a la de Isabel durante todo un curso, unos metros más allá de la puerta de nuestro euskaltegi.

Mi cabeza vuela y, como al pasar las hojas de un álbum de fotos, rememoro momentos de mi vida y en todos ellos me veo sobre la bicicleta sintiéndome libre, autónoma, ligera, rápida y fuerte. Con frío, con lluvia, con nieve, bajo el calor del sol, pedaleando hacia mi destino. Me veo llegar, apearme, estacionar, candar al cuadro la rueda delantera y encajar la U en la trasera. Evoco ese instante en el que olvido recoger el llavero de la cesta y otros tantos momentos de llegar corriendo con la preocupación de haber servido en bandeja el robo de mi bicicleta. Nunca pasó. Cada una de las veces que por despiste dejé las llaves a la vista durante varias horas, a mi vuelta seguía allí. Sin embargo, ahora, recién despertada de una mala noche, siento con fuerza que me la han robado.

Las visualizo juntas: la Abelux, la azul y la definitiva, con su pegatina «Ya sé yo mis cosas» en el cuadro. Las tres como parte de un recuerdo, estacionadas y candadas para siempre en un mal sueño en el que soy incapaz de encontrar las llaves.

2 comentarios en «Las llaves perdidas»

  1. Si hoy fuera el último día de tu vida, sería un fastidio no encontrar esas llaves amiga del alma, pero hay tiempo… lo hay todavía. Aparecerán, quizá, como muchas cosas, cuando dejemos de buscarlas y entonces, todo tendrá sentido.

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