Para pedirte que estés
Juego a imaginar que sería un jueves, cómo lo es hoy, el día que te dedicaste a trabajar en mi rodilla derecha. Imagino también que la izquierda la habrías terminado de pulir un poquito antes y que, en la laboriosa tarea de gestar, tu cuerpo sabia que estabas haciendo algo muy importante.
Me alumbraste completa, perfecta. No sé si plenamente consciente de que habías vuelto a hacer este milagro de hembras. Hoy, en unas horas, me desprenderé de esa parte de mi cuerpo que mi imprudencia dañó de modo irreversible y en su lugar recibiré otro milagro, el de la ciencia; el de unas manos trabajadas y expertas al servicio de la reparación, la salud y un tiempo nuevo de posibilidades recuperadas para mí. Quiero pedirte que estés allí, que me cuides; que les inspires, que les des las gracias cuando terminen, con esa amabilidad tuya tan de mirada, tan de sonrisa.
He venido al parque, porque no podía dejar de pensar en ti. He estado en el árbol, te he echado de menos, se me han saltado las lágrimas y me he puesto a escribirte, porque sabes que es mi manera de volver a abrazarte.